Javier Cercas: “No hay literatura sin memoria” Featured

Terra Alta, Premio Planeta 2019, es la primera incursión de Cercas en la novela policiaca. / L.M. Palomares /Planeta Terra Alta, Premio Planeta 2019, es la primera incursión de Cercas en la novela policiaca. / L.M. Palomares /Planeta


Gerardo Antonio Martínez


Con Terra Alta, su novela más reciente, el escritor español Javier Cercas rinde homenaje a Los miserables, de Víctor Hugo, rescata al comisario Javert, uno de los personajes más aborrecidos e idealistas de la literatura universal, y traza una nueva ruta en sus propias búsquedas narrativas


Luego de la publicación de nueve novelas, un escritor como Javier Cercas nunca está conforme con el camino recorrido. En 2019, luego de la aparición de El monarca de las sombras, novela que a su juicio se trató de la obra más personal y aquélla que siempre había querido escribir, se enfrentó al dilema entre estancamiento y reinvención.


Así surgió Terra Alta (Premio Planeta 2019), en la que aparecen rasgos de la novela policiaca española del último medio siglo: desde las historias nacidas en los barrios bajos, con ecos a Juan Madrid, a las historias de mayor proyección internacional, como las de Manuel Vázquez Montalbán. Pero quien mayor presencia tiene en esta nueva novela de Javier Cercas es Víctor Hugo y su comisario Javert, el personaje más antipático de Los miserables, quien a lo largo de toda esta historia de hombres y mujeres marginados, se convierte en la incansable sombra de Jean Valjean, modelo de la meritocracia pero también de la injusticia de las leyes en contra del individuo.


Es en el comisario Javert con el que más se identifica Melchor Marín, el protagonista de Terra Alta, un ex presidiario, hijo de una prostituta, quien luego de la lectura en prisión de Los miserables decide convertirse en agente de policía. Dice Cercas: “convierte al teórico malo de la novela –Javert, el policía frío, inflexible y justiciero que inflexiblemente persigue a Jean Valjean a lo largo del libro– en el bueno auténtico, y de ese modo Melchor descubre su vocación de policía”.


Comisionado temporalmente en la población de Terra Alta, en la zona rural de Tarragona, Melchor Marín recibe la orden de investigar, junto a todo el equipo de la policía de la localidad, el asesinato del dueño de Gráficas Adell, una empresa con fuertes inversiones en México y Argentina. Esta tarea que lo llevará a enfrentarse con su pasado en los bajos fondos catalanes, a la problemática relación con su madre, la vida de pareja con Olga, la bibliotecaria de la localidad, y a enfrentarse a una accidentada paternidad.
 

En esta entrevista, Cercas habla del significado de Terra Alta en cada una de las rutas narrativas emprendidas en cada una de sus novelas, comparte sus apreciaciones teóricas sobre este género y se da tiempo para lanzar dardos contra los “puritanismos de izquierda”.


En Terra Alta llama la atención el contraste de tesitura y estilo frente a otras obras suyas, como Soldados de Salamina, Anatomía de un instante y El monarca de las sombras. Aquí no hay claves, sino rutas. ¿Cuáles son las rutas que ha seguido Javier Cercas en cada una de ellas y en Terra Alta?

Son distintas pero complementarias. Terra Alta surge, de hecho, de una voluntad de renovación profunda, casi de una necesidad de reinventarme. La razón es que, cuando terminé de escribir mi libro anterior, El monarca de las sombras, comprendí que aquella novela era el fin de algo: ese era un libro que quería escribir desde que fui escritor (o desde antes), y además era como la otra cara de Soldados de Salamina; un libro sobre mi familia, más concretamente sobre quien durante años fue el héroe oficial de mi familia –un adolescente que partió a la guerra en el bando franquista y que murió en combate en la batalla del Ebro–, una novela en la cual yo tuve la impresión de que culminaba lo que había escrito al menos en los últimos años. Y, como El monarca de las sombras era el fin de algo, sentí que si seguía por el mismo camino corría el peor riesgo que puede correr un escritor, sobre todo a cierta edad y si las cosas le han ido razonablemente bien: el riesgo de repetirse, de convertirse en un imitador de sí mismo; si eso ocurre, un escritor puede seguir escribiendo y sus libros pueden seguir siendo apreciados por la crítica y los lectores, pero como escritor está muerto, porque ya no puede decir nada nuevo. Yo quise evitar por todos los medios esa muerte en vida, y el resultado es Terra Alta, un libro que quiere ser radicalmente distinto de todos los que he escrito hasta ahora y a la vez radicalmente fiel a ellos. Un libro, también, que inaugura para mí un nuevo territorio literario, que trataré de colonizar en los próximos libros. Veremos.


Parece que por fin se le hace justicia a Javert. ¿De dónde viene el interés por este personaje y qué significa en Melchor?

Los miserables representa muchísimo para Melchor. Él es exactamente lo contrario de un intelectual, es un tipo medio salvaje que ha tenido una vida dificilísima –ha nacido en el barrio más pobre de Barcelona, su madre es puta, no conoce a su padre, es un pésimo estudiante y un adolescente violento–; pero un día se pone a leer por casualidad ese viejo libro y encuentra en él lo mejor que un lector puede encontrar en un libro. De te fabula narratur, dice Horacio: la historia habla de ti. Eso es lo que Melchor siente al leer por vez primera Los miserables: que ese libro habla de él, que gracias a ese libro entiende quién es, que ese libro le devuelve su vida auténtica, su auténtico yo. Eso es lo que hacen con nosotros los libros fundamentales, los grandes libros que nos cambian la vida (a veces no son libros tan grandes, pero da lo mismo: lo esencial es el efecto que tienen en nosotros, el modo en que nosotros los leemos). Y Los miserables no sólo convierte para siempre a Melchor en un lector –en el mejor lector posible, diría yo: aquel que lee porque sabe que la literatura es una forma de vivir más, de una manera más rica, más intensa y más compleja–, sino que también le descubre su vocación. Y se la descubre leyendo Los miserables de una forma en que probablemente nadie lo ha leído. Quiero decir que, leyendo ese libro, Melchor intuye que la ley es la única arma de los pobres y los indefensos frente a los ricos y los poderosos y así convierte al teórico malo de la novela –Javert, el policía frío, inflexible y justiciero que inflexiblemente persigue a Jean Valjean a lo largo del libro– en el bueno auténtico, y de ese modo Melchor descubre su vocación de policía. Insisto: probablemente nadie ha leído así los miserables. Pero es lo que dice uno de los personajes de la novela, el bibliotecario de una cárcel, llamado El Francés: “La mitad de una novela la pone el autor; la otra mitad la pone el lector”. Es totalmente cierto: un libro es una partitura, y es el lector el que la interpreta; y cada lector la interpreta a su manera. Eso es parte fundamental de la magia de la literatura y eso es lo que hace Melchor con la novela de Hugo: interpretarla a su manera, poner en ella su otra mitad, convertir una novela ajena en una novela propia. Eso es lo que hace con las novelas que lee todo buen lector de novelas.


En la historia de Melchor y Olga se entrecruzan vida y literatura. Melchor es un personaje poco común, no sólo es un policía lector. Contrasta la naturaleza de estos personajes con la de aquellos que aparecen en sus libros anteriores: Javier Cercas en El monarca de las sombras, o los golpistas y los defensores de la naciente democracia española en Anatomía de un instante. ¿En dónde radica la cualidad poliédrica, usando un concepto suyo, de Melchor?

Yo intento siempre construir en mis novelas personajes poliédricos, complejos, tornasolados, contradictorios, sencillamente porque así somos los seres humanos. Creo que es lo que intenta cualquier escritor, o al menos lo que intentan los escritores que yo aprecio. Pero es verdad que Melchor es poliédrico de una forma particular. Se trata de un chaval lleno de furia justiciera, que puede ser violento y que lleva un montón de oscuridad dentro de sí mismo, pero que, al mismo tiempo, es limpio de corazón y valiente, y no hay que olvidar que el coraje es la principal virtud, porque es la que hace posible todas las demás, la que permite llevarlas a la práctica. También es un hombre marcado profundamente por unos orígenes dificilísimos que sin embargo, por un azar del todo inesperado, es capaz de sobreponerse a ellos, de encontrar una familia y un lugar en el mundo, aunque los encuentre de manera efímera. Pero no me haga mucho caso: Melchor es un personaje del que me he enamorado por completo, quizá precisamente por sus contradicciones (o porque, a pesar de haber salido de mí, es mucho mejor que yo). Ojalá a algún lector le ocurra lo mismo.


¿De qué manera la investigación que hay detrás de una novela se conjuga con el propio proceso creativo?

No me parece una buena idea sacralizar el proceso de documentación de una novela. Yo al menos no me documento más de lo necesario para dar verosimilitud a lo que escribo. A veces, por la naturaleza del tema, es necesario documentarse más, y otras menos. Pero una novela no es mejor porque esté mejor o peor documentada o porque requiera más o menos documentación. No creo que La metamorfosis (o, más bien, La transformación), de Kafka, requiriera ninguna documentación –como por lo demás las otras novelas de Kafka–, y sin embargo es una de las mejores narraciones que yo he leído. Lo esencial cuando se escribe una novela es crear mediante la ficción una verdad literaria lo más potente, compleja y persuasiva posible. Todo lo demás debería estar al servicio de eso. En el caso concreto de Terra Alta, es verdad que tuve que viajar por territorios que desconocía, como la comarca de la Terra Alta, un lugar apartado, remoto y solitario, casi bucólico, del sur de Cataluña, que contrasta constantemente con el otro escenario de la novela: una Barcelona violenta, nocturna y prostibularia–; también es verdad que tuve que hablar con policías y que documentarme muy bien sobre los procedimientos policiales, que desconocía casi por completo. Ambas cosas, y otras, eran esenciales para dar verosimilitud a la historia, para mentir con conocimiento de causa –como diría Vargas Llosa–; pero no son lo esencial: lo esencial es lo que he hecho con eso, no eso.

 
Terra Alta no es ajena a la relación que ha explotado usted entre literatura y memoria. ¿Dónde termina el recuerdo y comienza la invención?


No hay literatura sin memoria, claro, pero es que sin memoria casi no hay nada: los seres humanos estamos hechos de memoria; sin memoria ni siquiera podríamos hablar. Ahora recuerdo que el Roberto Bolaño de Soldados de Salamina dice algo así como que la literatura se fabrica combinando recuerdos; eso no lo dijo nunca el Bolaño real, por supuesto, pero creo que es verdad: a esa combinación suele llamársela invención. Lo cual significa que la ficción pura no existe (y si existiera no tendría el más mínimo interés, suponiendo que fuese inteligible): la ficción pura no es más que un invento de quienes no saben lo que es la ficción. La ficción siempre parte de la realidad, que es su carburante; es, por decirlo de otro modo, una transfiguración verbal que convierte una realidad particular en universal, en algo que nos atañe a todos. De ahí su interés.

 
Soldados de Salamina y El monarca de las sombras poseen un fuerte elemento de autoficción. Parece haber un auge de este elemento narrativo en la literatura en español, por mencionar la más inmediata y que nos corresponde culturalmente. ¿Prevé un desgaste?


Claro, quizá por eso yo he dejado de practicarla en Terra Alta y me he ido al otro extremo: al extremo de eso que suele llamarse ficción pura y que, como acabo de explicar, en rigor no existe. Hace veinte años, cuando se publicó Soldados de Salamina, la palabra autoficción no circulaba, ni en español ni en ninguna otra lengua (era un hallazgo aislado de un académico, que además la usaba en un sentido bastante distinto al actual), y me parece evidente que esa fue una de las novedades o sorpresas de aquel libro. Pero de un tiempo a esta parte la autoficción se ha puesto tan de moda que casi todo el mundo escribe autoficción y que casi cualquier cosa se considera autoficción. En fin: yo de momento se la dejo a mis contemporáneos.

 
La literatura policiaca tiene desde hace tiempo una nueva valoración entre los lectores más exigentes y, por llamarlos de algún modo, cosmopolitas. Más allá del mérito del policiaco como fenómeno editorial, ¿tienen las novelas policiacas el alcance de otros estilos novelescos?

La respuesta es sencilla: no existen géneros mayores o menores, mejores o peores; existen formas mejores o peores, mayores o menores, de usar los géneros. Esto es algo tan evidente que casi da vergüenza escribirlo, pero, sobre todo en nuestra lengua, hay gente que parece no haberse enterado, en particular los críticos. La comedia tiene a Shakespeare, pero también tiene a un montón de escritorzuelos. Con la narrativa policíaca pasa lo mismo: cuando, a su manera cada uno, se acogen a ella los buenos escritores –Poe o Borges o Chandler o Sciascia o Winslow o tantos otros– es buena o buenísima, y cuando la usan los malos es mala o malísima. Por lo demás, debo decir que todas mis novelas en particular y las novelas que más me gustan en general –de Cervantes a Melville o Kafka– pueden leerse como novelas policiales, en la medida en que en ellas hay un enigma y alguien –y con ese alguien el propio lector– que intenta descifrar ese enigma: en eso consiste el esquema básico del género policial. Esto intenté argumentarlo en un librito llamado El punto ciego, donde reuní unas conferencias pronunciadas hace unos años en Oxford.
 

A inicios de julio se hizo pública una carta en la que más de 150 artistas e intelectuales señalaron el cada vez más influyente espíritu de censura progresista. Usted lo llamó “puritanismos de izquierda”. ¿Los extremos se tocan? ¿Nos recuerda algo la polarización que precedió y dominó la Guerra civil en España? ¿Qué podemos esperar?


Yo espero una izquierda no puritana, porque el puritanismo es una forma de hipocresía y de fanatismo, y yo detesto ambas cosas, que además pueden acabar con la izquierda: al fin y al cabo, una buena causa bien defendida es una buena causa, pero una buena causa mal defendida corre el riesgo de convertirse en una mala causa. No sé si peco de ingenuidad, pero eso es lo que espero. En cuanto a la polarización que precedió a la guerra civil –no digamos la que la que la dominó–, yo no la veo ahora mismo en España. Y quien la ve no sabe lo que fue la guerra civil.

El Universal
Gerardo Antonio Martínez
Confabulario/Ciudad de México
Viernes 23 de octubre de 2020.

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