Proyecto Tlalocán: a las puertas de la tumba del «rey» de Teotihuacán

Una imagen de los arqueólogos trabajando, dirigidos por Sergio Gómez. FOTO: INAH Una imagen de los arqueólogos trabajando, dirigidos por Sergio Gómez. FOTO: INAH

Según los arqueólogos, este trabajo permitirá entender cómo se conformaban el sistema de gobierno y las estructuras de poder de esta ciudad

Cuando las lluvias de 2003, más intensas que otros años, dejaron abierto un hueco de 83 centímetros frente a la Plataforma Adosada de la Ciudadela, en el imponente sitio de Teotihuacán, el arqueólogo Sergio Gómez, que dirigía los trabajos de conservación del Templo de Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada, intuyó que estaban ante algo fuera de lo normal. «Fue muy emocionante a pesar de que no sabíamos de qué se trataba», dice en conversación con ABC.

Y así resultó. Ese tiro, similar a la boca de una mina, llevaba a un túnel de unos 120 metros de largo que fue cerrado a propósito hace mil ochocientos años y que conducía al corazón subterráneo del Templo de Quetzalcóatl. Bajo su cúspide, a 18 metros bajo tierra, se hallaba la más rica ofrenda funeraria encontrada hasta ahora en Teotihuacán, y dada a conocer a finales del pasado octubre. Miles de objetos dispersos en un espacio de cuatro metros de ancho por ocho de largo que incluyen cuatro figurillas de jade de 65 centímetros -tres de ellas, llamativamente, femeninas-, decenas de grandes caracolas labradas procedentes del golfo de México y el mar Caribe, y otra multitud de objetos de toda clase de materiales.

Gómez, muy lejos del estereotipo cinematográfico de arqueólogo, con más de treinta años de experiencia en Teotihuacán, declara con humildad que este descubrimiento «es parte del trabajo que hacemos cotidianamente en el Instituto de Antropología e Historia» (INAH), y fruto del trabajo de muchos especialistas, desde físicos nucleares a geólogos, pasando por biólogos y químicos -un equipo conformado aproximadamente por 35 personas. Sin embargo, como señala el propio Gómez, este hallazgo indica que la antigüedad de la Ciudadela es la misma que la de la primera subestructura de la Pirámide de la Luna (100 d. C.), que hasta entonces se había supuesto como la parte más antigua de la ciudad. Además, según detalla Pedro Francisco Sánchez, coordinador de Arqueología del INAH, permite entender este recinto «como una plaza pública, y no tanto como un espacio restringido a los ámbitos de poder y religiosos. El túnel seguramente era un lugar de peregrinaje, adonde llegaba la gente a depositar sus ofrendas».

Se sabe que el acto de enterrar ofrendas en el seno de las pirámides posteriormente construidas era una práctica constante en Mesoamérica, pero ¿qué significa en este caso? Según Sergio Gómez, se trataría de una «representación metafórica del inframundo, un lugar fundamental, asociado a la creación». De ahí el nombre del proyecto, Tlalocán, la denominación náhuatl del paraíso de Tláloc, dios de la lluvia y de la tierra, relacionado con la creación. Pedro Francisco Sánchez cuenta: «Hicieron una clausura ceremonial de los drenajes para propiciar que las 16 hectáreas que ocupa la plaza de la Ciudadela se pudieran comportar como un espejo de agua, y representar seguramente el agua o el mar primigenio de donde surge la vida». El Templo de la Serpiente Emplumada sería, de esta manera, la representación de la montaña sagrada de la cual, según el mito, emergió el mar primordial.

«Ciudad de los dioses»

Una pieza más, pues, para entender la civilización teotihuacana, con muchos misterios sin resolver. No se sabe, por ejemplo, qué pobladores la fundaron ni cómo se llamaban -Teotihuacán, «ciudad de los dioses», es el nombre que le dieron los aztecas al conocerla, muchos siglos después de quedar abandonada-, pero sí que poseían unos extraordinarios conocimientos astronómicos y que fue planificada al detalle desde su origen. Habitada en su mayor parte por artesanos y agricultores, también se sabe, como apunta Pedro Francisco Sánchez, que era una ciudad cosmopolita, «que tuvo relación con la zona maya, con el golfo de México, con el norte y con el occidente, como si fuera un eje que compartió conocimientos y se vinculó con muchísimas otras regiones culturales de Mesoamérica». En un momento dado, a la ciudad llegan incluso a asentarse zapotecos (de Oaxaca) y purépechas (de Michoacán). Teotihuacán alcanzó su máximo esplendor hacia el año 500 de nuestra era: con una población cercana a los 200.000 habitantes y una extensión de más de 22 kilómetros cuadrados, era la sexta ciudad más grande del mundo, después de Constantinopla, Changan, Luoyang, Ctesiphon y Alejandría.

Su abandono, hacia el 650, es otro gran misterio. Sánchez explica que hay varias hipótesis: «La más socorrida es que estas construcciones masivas tenían un recubrimiento de cal. Esto obligaba a consumir una gran cantidad de combustible. Para poder darle mantenimiento a esa ciudad durante casi 700 años, se consumió gran cantidad de madera, lo cual seguramente cambió los patrones climáticos y provocó una disminución drástica de la producción agrícola. Eso quizá provocó alguna revuelta entre la sociedad, porque hay huellas de violencia. Es decir, no fue un abandono pacífico, sino obligado».
Por lo pronto, la suposición principal del Proyecto Tlalocán es que al final del túnel bajo el Templo de Quetzalcóatl se encuentra la sepultura de algún mandatario, algo que permitiría entender cómo se conformaban el sistema de gobierno y las estructuras de poder. Eso, asegura Pedro Francisco Sánchez, «está muy cerca de saberse»: el objetivo del arqueólogo Sergio Gómez es concluir los trabajos en este 2015.

El «otro» Teotihuacán

Más allá del sitio gobernado por las pirámides del Sol y de la Luna, existe «otro» Teotihuacán: los conjuntos arquitectónicos de Tetitla, Tepantitla, Atetelco y La Ventilla. Las comillas no son en vano: aunque hoy se encuentren separados y a considerable distancia del centro ceremonial, en su momento formaban parte de la mancha de la ciudad, reticulada y perfectamente planificada, que llegó a tener 22 kilómetros cuadrados.

Estos barrios fueron áreas residenciales y tienen hoy un enorme atractivo por las pinturas murales que conservan, donde el rojo, color sagrado para los teotihuacanos, lo domina todo.

En Tetitla, destacan los «Jaguares en procesión». Muy cerca, Atetelco alberga dos obras maestras dedicadas a la guerra: «La procesión de sacerdotes» y «Ave con polluelos» -un águila con las alas extendidas cargando 13 crías.

Al suroeste está La Ventilla, donde se puede contemplar un trabajo único en Mesoamérica: el piso de la Plaza de los Glifos, decorado con una misteriosa retícula, dentro de cuyas casillas hay símbolos y dibujos de fauna mitológica.

En la otra punta de la ciudad, al noroeste, Tepantitla es sede de otra obra dedicada al dios de la lluvia y su paraíso, Tlalocán: una montaña sagrada de la que brota el agua y en cuyo interior los «tlaloques» (ayudantes de Tláloc) resguardan el maíz.

ABC
Yaiza Santos
Corresponsal en México
Miércoles 7 de enero de 2015.

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