Guillermo Arriaga: “La gente en este país es fundamentalmente buena” Featured

El escritor mexicano Guillermo Arriaga, en una imagen de archivo. Álvaro García El escritor mexicano Guillermo Arriaga, en una imagen de archivo. Álvaro García


El cineasta y novelista reconoce que es imposible eludir el tema de la violencia mexicana pero acota: “También quiero contar lo otro: la generosidad, la humanidad, la solidaridad”


Es uno de los creadores mexicanos más reconocidos desde que, en el año 2000, apareció la película Amores perros, que él escribió. Su ruta lo ha conducido una y otra vez por el espinoso camino que va del cine a la literatura. “Siempre fui por la libre”, dice. Lo mismo ha ganado el premio al mejor guion del festival de Cannes, por Los tres entierros de Melquiades Estrada, que el premio Alfaguara de novela, por Salvar el fuego. Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958) es, y se sabe, un cazador. Su temple quedó de manifiesto cuando, en su momento de mayor visibilidad en Hollywood, se enfrascó en una sonada polémica en defensa del papel de los guionistas como los verdaderos creadores de esas historias millonarias que saltan de pantalla en pantalla. Sigue haciendo cine y sus recientes novelas, El salvaje y Salvar el fuego, han sido éxitos de ventas a escala mundial.

Pregunta. Creciste en el sur de la Ciudad de México. La experiencia formativa de esos años y esas calles se refleja en pasajes de tu obra, tanto literaria como cinematográfica. ¿Qué de ese México en el que creciste encuentras todavía en este país que vivimos y qué piensas que ha cambiado, para bien o mal?

Respuesta. La Unidad Modelo, el barrio en que crecí, fue creada por el arquitecto [Mario] Pani. Estuvo basada en la arquitectura funcional de Le Corbusier, que preveía que todos los servicios estuvieran planeados en torno al barrio. Estaba el supermercado, la iglesia, las escuelas, la peluquería, la carnicería, la verdulería y había una integración total. Era casi provincia, un pueblito dentro de la ciudad. El barrio tiene cosas muy lindas, no es un barrio necesariamente peligroso todo el tiempo. Tiene una convivencia muy atractiva. Pero Pani le diseñó unos andadores que son como de un metro y medio de ancho, por los que no entran los carros. Y en los sesenta eso se convirtió en una trampa, porque apostaban francotiradores en las entradas... Y policía que quería entrar, policía que se tronaban. Ahí nació un grupo que se llamaba ‘Los Nazis’ y empezó a darse el narcomenudeo. En el México en que yo crecí, había estos grupos. Y había grupos de ultraderecha ahí mismo, en el barrio. Pero la violencia que me tocó vivir no se compara en lo absoluto con la violencia que estamos viviendo ahora. La violencia de un barrio de clase media baja, como el que crecí, no se compara a la violencia que está sufriendo ahorita México. He andado mucho por brechas a lo largo del país, con campesinos, en zonas que ahora son impenetrables, y la gente siempre me recibía con gusto y [decía]: “Ven, échate unos frijolitos, quédate en la casa”. Los campesinos mexicanos son muy generosos y no sé en qué momento… bueno, sí sé en qué momento. Hay un momento muy particular en que México se descarrilló y lo que estamos viendo me parece que no tiene parangón, excepto en la época de la Revolución Mexicana.

P. ¿Cuál dirías que fue el momento en la que las cosas se salieron de control?

R. Globalmente, tiene que ver con la elección de Reagan, de Thatcher y de Juan Pablo II. Creo que la apuesta por el proyecto del corporativismo, los Reaganomics, el trickle-down famoso, [que postulaba] que iban a escurrir los beneficios hacia el resto de la sociedad. Ese fue el momento clave de la transformación del mundo. Es curioso cómo los dos países que empujaron la globalización de este tipo son los dos primeros que se han rajado: Inglaterra, con el Brexit, y Estados Unidos, con Trump. Pero ellos fueron los que empujaron ese modelo y lo vi en tiempo real, porque yo estaba con amigos míos, campesinos, cuando se dio la firma del Tratado de Libre Comercio, 1994, el año en que el campo mexicano sufrió una devastación que no tuvo en otras épocas previas. Mis amigos campesinos levantaron una cosecha de sorgo, la mejor cosecha de sorgo de su vida, pero, al venderla, tenía tantos subsidios el sorgo americano y entró tan barato [al mercado] que ni siquiera pudieron recuperar el costo de la semilla. A partir de ahí empezaron a migrar. Conozco chavitos de Tamaulipas que ingresaron al sicariato porque no había mucha opción. O te ibas del pueblo o te entrabas al sicariato. Pude observar la descomposición en el campo mexicano, por lo menos donde yo estuve, en Tamaulipas.

P. A partir del Tratado Libre Comercio viene un empobrecimiento del campo, luego una migración acelerada y se crea un vacío que es ocupado por el crimen...

R. Claro, y hay una desesperación. Aquellos que pudieron migrar, se fueron… De mis amigos, el 85% de ellos migró [a los EEUU], y ahora viven ahí. Entre ellos Melquiades Estrada, al que le dediqué una película. Otro momento clave fue el éxito de la DEA en cancelar las rutas de la cocaína por Puerto Rico, Miami y República Dominicana. El momento en que exitosamente cerraron esa ruta, vino toda la negociación entre Colombia y México, y eso también degradó el tema. Lo que no han entendido algunos gobernantes es que la demanda de la droga va a buscar siempre cómo mover el producto. Y México, con esta frontera tan porosa que tiene… A esto agregamos la inexperiencia de los gobiernos panistas y la falta de colmillo, que dejó huecos muy grandes que fueron ocupados por el crimen.

P. Hasta llegar a un punto en el que pareciera difícil o imposible el revertir el poder que ha alcanzado el crimen organizado.

R. Creo que se puede revertir y hay muchas maneras de revertirlo, pero ya es urgente la legalización de las drogas, de todas las drogas. A mí me gustaría que nos explicara el presidente de la república que lo que está tratando de hacer es un plan Marshall en el sur. Una especie de plan de: “Vamos a financiar el sur para que se eleve”. Pero también hay vacíos de trabajo muy grandes en la frontera norte. Tuvieron una ventaja los de la frontera norte: que no tenían que hacer el gran viaje desde Chiapas o de Oaxaca, [en el norte] prácticamente son ochenta kilómetros, cien kilómetros y cruzas la frontera. No es lo mismo llegar de Oaxaca sin conocimiento de cómo es la maniobra en el norte. Pero, bueno, es un momento en el que tenemos que legalizar las drogas y eliminar la corrupción. Ese es, quizá, el problema más grave que tenemos. Rediseñar el sistema legal, porque la impunidad es… No podemos decir: “Se mataron entre ellos”. No se puede, tienes que ir caso por caso: ¿Quién lo mató? ¿Por qué lo mató y a quién dejó viuda o a quién dejó viudo? ¿A quién dejó huérfano? El sistema judicial mexicano necesita ir resolviendo esos problemas.

P. Tus personajes reflejan conflictos profundos, pero en tu obra hay también una mirada a las sociedades que rodean esos personajes, a sus conflictos de clase, por ejemplo, muy marcadamente en Salvar el fuego. ¿Cómo enfrentas narrativamente el trabajo de contar México?

R. Cuando empiezo una obra no sé de qué se va a tratar. Lo que me pasa en el día, lo meto [a la novela]. De hecho, algún día hice un tuit en que dije: “Está lloviendo, a ver cómo influye en la novela”. Pero no era cómo influía la lluvia en mi estado de ánimo, era que, si llueve, llueve adentro de la novela. Y, de hecho, llovió en El salvaje cuando llovió afuera. Se va filtrando. No hay manera de que no se filtre la realidad, sobre todo para alguien que, como yo, no tiene idea hacia dónde va la novela. Cuando me siento a escribir no sé ni cuál va a ser la estructura, ni quiénes son los personajes, ni cuál es el final. Estoy completamente perdido, voy caminando como puedo. ¿Me la paso viajando la frontera? Era inevitable que la frontera no se filtrara. ¿Tengo el pasado de la Unidad Modelo? Era imposible que no se filtrara. ¿Vivo en una sociedad convulsa? Es imposible que no se filtre. Pero, al mismo tiempo, también quiero filtrar lo otro: la generosidad del mexicano, la humanidad, la solidaridad. Somos un pueblo muy hospitalario, somos un pueblo muy generoso. Yo, por mis experiencias, creo que la gente en este país es fundamentalmente buena. Eso espero que lo refleje también la novela. Pero, perdón, no siento que tengo un compromiso por ver cómo van a ver a México o no [a través de mi obra]. Estaría cargando la obra con pesos que no va a soportar, se va a romper si estoy pensando en eso.

P. En muchos pasajes de El salvaje y Salvar al fuego se retrata un dolor grande...

R. Viviendo en este país no sales indemne. Le han pasado cosas terribles a gente conocida, no muy cercana, pero sí gente que fue muy amable. Por ejemplo, te cuento: a un ranchero que nos prestaba su propiedad para cazar, lo torturaron durante tres días. La forma en que lo torturaron es que lo abrieron en canal, lo dejaron vivo en canal durante tres días, luego le fueron cortando pedazo y pedazo de intestino. Y no tenía nada que ver, fue una confusión. Su hermano era policía y creían que él era ‘halcón’, creían que eran ‘halcones’ los dos, pero él no tenía nada que ver. Sin embargo, lo torturaron tres días así, con las tripas abiertas... Durante mucho tiempo quisieron que escribiera una película sobre las muertas de Ciudad Juárez. Yo me negué siempre, pero tuve acceso a los archivos y las fotos.... Y hay una parte en la que dices: “No puedo pintar un México lindo, sinceramente, porque aquí hay unas masacres”. Y luego te das cuenta de la profunda corrupción que ha habido en este país, a todos los niveles, desde el policía municipal al presidente de la república que… Soy un optimista y siempre seré un optimista, pero no puedes no escribir sobre estas realidades. Las he visto de cerca. Yo llegué al pueblo de Allende, donde hubo una matanza de trescientas personas, un día después. Iba en la inopia, sin saber nada. Llegué, íbamos a comprar unas cosas a Allende, estaba en un pueblo cercano, que se llama Zaragoza y el ambiente [se sentía] enrarecido. Entonces vi las manos de chango, estas palas gigantes de las grúas que habían roto las casas para sacar la gente de ahí adentro. Hasta que nos dijeron: “¿Les damos un consejo? Váyanse”. Y sabes que ahí mataron a trescientas personas, a partir de unos chavitos, que los confundieron con ‘halcones’. Y así se fue infiltrando la verdad. Por eso traté de meterle un poco de humor en Salvar el fuego, que es mi novela que retrata de manera más descarnada esto. Porque si no, nos volvemos locos.

P. ¿Parte del trabajo es que no se vuelva intransitable el libro a fuerza de apilar horrores?

R. Claro, yo no quise apilar horrores. Lo que quise fue darle un sentido humano, porque incluso dentro del narco hay humanidad. Dentro de todo monstruo palpita un dejo de humanidad.

P. Tú eres cazador, has hablado extensamente de ello. En este país de gente armada, que comete crímenes de sangre todos los días, será inevitable que alguien te diga: “El cazador también es un criminal”, ¿no?

R. Para empezar, los humanos somos una especie sentada en un trono de sangre. El otro día vi en Twitter cómo las navajas de las segadoras de cosechas dejan cientos de animales decapitados: codornices, conejos, liebres, correcaminos. El hecho de que no veas la muerte no significa que no la haya. Todos, de alguna manera, tenemos que destruir algo para comer. Y que los veganos no digan que no maltratan animales, porque ellos nunca han ido a ver cómo se desmonta [una cosecha], a ver cómo entran las trilladoras. No han estado ahí, no saben cómo es el proceso. En todo proceso de alimentación, inevitablemente, hay una cuestión de crueldad y muerte. Lo que yo he hecho es tomar en mis manos el acto de la muerte. No estoy pagándole a un carnicero. No le estoy pagando a un pescador. No le estoy pagando a un agricultor. Estoy tomando en mis manos el animal que voy a comer y esto me hace ser más respetuoso de la vida. Yo, por ejemplo, nunca dejo un pedazo de animal en mi plato, nunca lo tiro. En un coctel de camarón, el último camaroncito, si alguien va a desecharlo, digo… “Espérate. Ese camaroncito se murió, carnal. No lo tires a la basura. No es justo”. Tengo más aprecio por la vida que la mayor parte de las personas. Y [la caza] no es criminal. Creo que la gente ha perdido, sobre todo en las áreas urbanas, el sentido de dónde vienen los alimentos. Sigo comiendo del venado que cacé en enero, cada tercer día. Y aquí [en casa] se come venado, y se comió ganso, y se comió paloma, y se comen patos. Mis hijos con eso crecieron, comiendo carne salvaje. Pero los animales que cazo tuvieron la oportunidad de irse. No como estos horrores de las granjas, donde los tienen confinados en un espacio miserable durante años y sin la menor oportunidad. Yo no cazo ni hembras, ni bebés, ni machos jóvenes; cazo determinados tipos de animales y procuro hacerlo de la manera más ética posible.

P. Eres un escritor que no politiza sus historias, al menos no en el sentido que se politizan en los debates de actualidad. ¿Cómo te relacionas con ese tipo de debates, con la politización de la literatura, de los personajes, e incluso de las figuras, los hechos y los dichos de los escritores?

R. Uno de mis temores es que nos empecemos a censurar, que en aras de lo políticamente correcto hagamos una literatura desdentada, hagamos una literatura que no ponga limón sobre las heridas. Aparte, somos seres de nuestros tiempos, no se puede juzgar una obra por los tiempos, ¿no? Nunca escribo con el ánimo de hacer política. Sin embargo, se han reflejado [temas políticos], en Salvar el fuego, sobre todo: el padre abusador, macho, que humilla a la mujer y a los hijos. Hay una parte donde se habla del racismo de los Estados Unidos, obviamente del racismo en México, el racismo hacia lo indígena, que es bien cabrón. Y también la corrupción, la impunidad. Pero no lo hago por hacer política, la verdad no me interesa hacer política. Toda novela, desde el momento que se escribe, ya tiene una visión existencial, filosófica, política, social, psicológica. Aunque tú no lo quieras ahí está. Y tienes que aprender a manejarte.

P. Eres un autor leído y reconocido internacionalmente. ¿Cómo enfrenta la crítica un creador que, como es tu caso, aborda temas espinosos, episodios extremos, personajes al límite?

R. En México padecemos de una crítica muy superficial, que no ahonda de ninguna manera en lo que la obra es… Te das cuenta de que leyeron una página, luego otra, leyeron diez salteadas y así hacen su crítica. Ese tipo de crítica ni siquiera la tomo en serio. Ahora, con respecto a los críticos extranjeros, es chistoso, pero, por ejemplo, El salvaje tuvo una resonancia en el extranjero que no tuvo entre los críticos aquí. Yo no pertenezco a ningún grupo literario, ni a ningún grupo de cine. Siempre me he ido por la libre. Y muchos de los críticos pertenecen a un clan y se dan bola uno a otro. Eso sucede aquí, pero cuando te publican en otro lado, ya no perteneces a ningún clan, hay un poco más de objetividad. Y, obviamente, los europeos con un libro como El salvaje no saben ni cómo reaccionar...

P. Los últimos años de historia europea y el tipo de sociedades que han construido quizá ha creado una suerte de burbuja alrededor de ciertas violencias sociales que, sin embargo, eran corrientes en Europa…

R. Sí. Cuando a mí en España o en Alemania me dicen: “Es que México es un país muy violento”, les respondo: “Mira quién habla”. Tú sabes las matanzas que se hicieron entre 1936 y 1939 en España, y las matanzas que siguió prodigando el señor Franco a lo largo de los años, hasta matar en 1975 con garrote vil a tres personas. ¡Hace 45 años estaban clavándole un tornillo a un preso político! Y qué mayor horror que el que existió en Alemania. Y qué mayores racismos de los que hay en Europa. Cada vez que me cuestionan sobre lo que pasa en México, les digo: “Ustedes tampoco están tan lejos”. A veces, basta una circunstancia histórica para que salga toda el agua podrida. Las burbujas no son tan poderosas como para detener lo que está sucediendo. Nos lo está demostrando Estados Unidos: la burbuja que están tratando de construir no está sirviendo para nada. Entonces, en lugar de meternos a burbujas, hay que hablar de las cosas como lo que son. Y hay que tocar los temas y hay que confrontarnos y hay que abrirnos y hablar de frente. Lo que pasa es que ya todo quieren que lo hagamos de ladito, soslayado, con la mirada agachada. Pero no: hay que ver de frente. Es algo que puedo decir que, con mi obra, lo han agradecido en Europa. A pesar del shock que les crea. Por ejemplo, en Holanda, El salvaje agotó la primera edición en un día. ¿Qué pasó en Holanda, que una novela que tiene que ver con la Unidad Modelo en los años sesenta se convirtió en un éxito? Y en Italia, Alemania y Francia. Algo resonó de ese libro en los lectores europeos.

P. Tienes una carrera destacada en el cine, pero en los años recientes has puesto un acento muy marcado a tu faceta literaria, como si hubieras redoblado una apuesta por la literatura como medio de expresión, con un par de novelas que han tenido mucha resonancia crítica y éxito entre los lectores. Esto pareciera ir a contracorriente de una época en que la imagen y lo visual priman sobre la literatura, sobre lo impreso...

R. Mi trabajo siempre ha sido literatura, siento que lo que hago en cine es literatura. A un dramaturgo de teatro nunca le cuestionan si hace literatura o no, pero a un dramaturgo de cine sí. Lo que yo escribo es un trabajo que está comunicado con el resto de mi obra. No es una obra por encargo, no es una obra manoseada, tengo una aproximación estética que viene desde [el libro de relatos] Retorno 201, estas cosas no lineales las hago desde los 23 años. El cine es muy seductor, pero también hay una parte que requiere grandes capitales y para acceder a esos grandes capitales necesitas hacer concesiones que yo no estuve dispuesto a hacer. Preferí la literatura y la literatura me llevó al cine, y la literatura me va a volver a llevar al cine. Llegué al cine porque empezaron a comprar los derechos de mis novelas. Un dulce olor a muerte la iba a dirigir, originalmente, Alfonso Cuarón. En algún momento me senté con Guillermo del Toro para ver si dirigía Escuadrón Guillotina. No me desprendo del cine, he producido películas y no he dejado de dirigir. El año pasado, fui a Venecia con una película de la que me siento muy orgulloso, que se llama Hablar con dioses, una película en la que llamé a varios directores importantes del mundo para hablar de su propia religión. Pero tenía necesidad de escribir estas novelas. Y en el mundo literario, el diálogo que entablas con un lector es distinto al que sostienes con un espectador. Hay una profundidad diferente, hay algo que tocas más profundo en un lector que en un espectador. Y eso se convierte en una adicción también.

P. Una de las cosas que te ha caracterizado en el mundo de cine es tu lucha por dignificar al guionista como creador. El cine es una actividad colectiva, con equipos de trabajo y comités... ¿La libertad comparativa que da la literatura es algo que extrañas, cuando haces cine?

R. No, no, porque si de algo me siento orgulloso es que nunca concedí. Concilié, porque tienes que hacerlo, pero nunca concedí. Firmo lo que escribo con orgullo, aunque fracase, pero lo firmo yo. Y no lo firmaría si me piden cosas que no son aceptables para mí. Preferiría vivir mal, económicamente mal, a sentir que me vendí, que no hice lo que debía hacer. Entré a la televisión americana y precisamente por esta actitud de no conceder, no pude avanzar. Tienes a veintiséis cabrones opinándote lo que tienes que hacer. Y están muy nerviosos por el focus group y viene el vicepresidente de desarrollo… Y hay diecisiete vicepresidentes en cada cadena que van a opinar sobre lo que haces y es muy desgastante. La televisión no me gustó. Claro: te puedes hacer millonario si le pegas a una de esas. Tengo un amigo escritor con el que me iba a asociar para hacer una productora en Hollywood. Un día me dijo: “Tengo que ir a hacer un [programa] piloto a Irlanda”. Y yo diciéndole: “No vayas a hacer televisión a Irlanda” [risas]. Se llama David Benioff y es el creador de Game of Thrones. Le acaban de pagar 150 millones de dólares solo por firmar con Netflix. Pero es desgastante, hay que tener carácter para eso.

P. ¿La prioridad es estar comprometido con tus historias y defender tu identidad como autor?

R. Hay batallas que tienes que librar y la mayor parte de los escritores en el negocio del cine están insatisfechos. Hay un ninguneo, un menosprecio al trabajo del escritor, que he tratado de revertir, no por mí, sino por todos los escritores… El director está acostumbrado al poder, le gusta el poder. Pero el escritor no tiene poder y no sabe cómo manejar al poder. El director está acostumbrado a enfrentar a estrellas de cine en Hollywood. Pero a mí me salió el barrio. Y dije: “Pues me vale”. Y fue un pleito mediático muy grande y tuvo costos muy grandes. Fue una madriza, pero no me arrepiento. Quise poner el nombre de los escritores en alto y que sepan que hay un escritor detrás de una película. Pero, mira, la gente sabe que yo escribí Amores perros, en general nadie sabe quién escribe una película, pero de mí saben que escribí Amores perros. Y te puedo decir que voy a donde sea, a Nueva Zelanda o Australia, y puedo llenar foros. Y me pagan bien por ir. Entonces, hasta monetariamente tiene sus ventajas defenderse, ¿no?

El País
Antonio Ortuño
Ciudad de México
Domingo  09 de agosto 2020.

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