¿Por qué López Obrador es imbatible? Hasta ahora


Jorge Zepeda Patterson

Mientras los críticos del presidente se regodean con la última ocurrencia que, a su juicio, demuestra la ignorancia o mala fe del mandatario, este teje un entramado de alianzas con poderes fácticos que van fortaleciendo su posición

Los muchos críticos del Gobierno de Andrés Manuel López Obrador asumen que su mayor, si no es que única, fortaleza reside en los niveles de aprobación que sostiene tras año y medio en el poder. La estrategia para derrotar al presidente mexicano, o al menos neutralizarlo, asumen en estos círculos, pasa entonces por minar esta fuente de apoyo mediante la exhibición de la pobreza intelectual y ejecutiva que atribuyen al presidente y la ineficacia de su Gobierno. Bajo esta lógica, por más argumentos populistas que difunda el soberano, la ausencia de resultados y la inoperancia terminarán por ahogar las expectativas y debilitar el apoyo de las masas.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Es cierto que los niveles de aprobación han ido descendiendo aún cuando se mantengan por encima del 60% (en su máximo rozaron un 80%). Sin duda el ejercicio del poder desgasta la imagen. Pero hábilmente aprovechado el ejercicio del poder, como todo músculo, también se expande. Y es eso lo que ha venido haciendo López Obrador. Mientras sus críticos se regodean con la última ocurrencia o declaración que, a su juicio, demuestra la ignorancia o mala fe del mandatario, este teje un entramado de alianzas con poderes fácticos que poco a poco van fortaleciendo su posición y dotando de botones y palancas a la cabina de mando desde la que pilotea al país. Los adversarios creen que van ganando la narrativa ante la opinión pública, algo que incluso estaría en discusión, pero de lo que no hay duda es que el presidente está venciendo en lo que concierne a la correlación de fuerzas. Véase si no.

Las Fuerzas Armadas. A lo largo de muchas décadas, en México el Ejército ha sido leal al poder Ejecutivo, sin importar el partido o la persona que lo ejerce. Sin embargo en el caso de López Obrador la relación va más allá de una lealtad institucional. Las coincidencias están a la vista: origen social y geográfico, ideología y hasta giros del lenguaje son compartidos con el grueso de los soldados y sus oficiales. Las fuerzas armadas coinciden plenamente con la visión del presidente porque en muchos sentidos también es la suya. Un acendrado nacionalismo, una perspectiva estatista de los asuntos públicos, una obsesión por la historia patria, una atención mayúscula a lo qué pasa más allá de las ciudades, un contacto permanente con el pueblo y sus tradiciones. En muchos sentidos el presidente, es “su presidente” por vez primera en muchos sexenios. Consecuentemente, los militares han terminado por convertirse en su brazo derecho, el sector que goza de su confianza para ocuparse de todo aquello que no puede fallar, trátese de la construcción de sucursales bancarias, aeropuerto o tren, o de la distribución de medicinas, libros de texto y dinero de los programas sociales, administración de aduanas y puertos o limpieza del sargazo en las playas. Además, claro, de la seguridad pública, incluyendo el control de la Guardia Nacional.

Estados Unidos. No hay un presidente mexicano en la historia reciente que haya tenido la relación que López Obrador ha cultivado con la Casa Blanca. Y tratándose de Donald Trump, no es poca cosa. Si al menos ha servido para evitar las represalias que se suponían inminentes, dada la hostilidad del neoyorquino, lo que ha conseguido el tabasqueño es significativo. Están lejos los tiempos en que se decía que Washington imponía candidatos y vetaba decisiones de política interna de su vecino del sur, pero nunca más cierto que ahora el viejo refrán de que un catarro en Estados Unidos provoca neumonía en México. El diálogo abierto que sostienen ambos presidentes y algunas exhibiciones de apoyo mutuo, han convertido al factor “yanqui”, contra todo pronóstico, en un frente favorable para el supuesto presidente de izquierda que tendría que haber sido satanizado por Estados Unidos.

Cúpula empresarial. Contra lo que se piensa, López Obrador se ha cuidado de mantener una relación amistosa con las grandes fortunas del país. Si bien con los organismos empresariales ha mantenido una relación fluctuante, sobre todo por su renuencia a apoyar a la iniciativa privada en los paquetes de reactivación económica tras la pandemia, su relación con Carlos Slim, Salinas Pliego y similares ha sido regular y constante. En su Consejo Asesor Empresarial no están los representantes oficiales de los organismos empresariales sino los que verdaderamente pesan en la Bolsa Mexicana de Valores. Paradójicamente, incluso, la relación con los dueños del dinero en su conjunto podría ser más favorable que la de sus antecesores. Los presidentes del país solían tener sus favoritos, los llamados empresarios del sexenio; un par de constructoras, amigos favorecidos, compadres vinculados al poder. No es el caso de López Obrador. Ha abierto el juego de los proyectos ambiciosos al mejor postor y al parecer sin cargar los dados, como antes se hacía. Algo que los grandes capitales le están reconociendo.

Gobernadores de oposición. No en todos los casos, pero en algunos que se antojaban poco probables, el presidente ha logrado desarrollar una relación de empatía o hacer causa común con gobernadores de partidos rivales y, en esa medida, debilitado los intentos de formar un sólido club de mandatarios de oposición. Los titulares de Oaxaca o Hidalgo, de filiación priista, parecerían pertenecer a Morena e incluso los más enconados en sus críticas, como los de Guanajuato o Jalisco, han reculado ante las propuestas del presidente.

Otros frentes le son aun más favorables, pese a que los límites de este texto impidan abordarlos. En el poder legislativo ha obtenido las mayorías que necesita y en el sector obrero la difícil aristocracia sindical, dolor de cabeza de otros presidentes, actúa con timidez dada la popularidad de López Obrador entre sus bases.

En suma, los críticos del presidente han asumido erróneamente que su fortaleza reside en una narrativa demagógica que genera el apoyo de los sectores populares. Actúan como si se tratase de un fenómeno momentáneo: un líder carismático y un océano de personas engañadas. Bajo ese supuesto, piensan que bastará con denunciar el fracaso de sus políticas para pinchar la burbuja gracias a la que el tabasqueño se ha encaramado al poder. No es así. Para efectos prácticos, el presidente no ha hecho más que consolidarse a lo largo de los meses, más allá de los niveles de aprobación. En términos de correlación de fuerzas, hoy por hoy no hay oposición real o algún contra peso enfrente de su Gobierno. Por más que las columnas políticas o los hashtags de las redes sociales se solacen con el último meme de un desliz presidencial, este cada vez está más blindado.

El País
Jorge Zepeda Patterson
Ciudad de México / Madrid
Miércoles 29 de julio de 2020.

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