Enrique Serna dice que jamás ha solicitado una beca al FONCA. Crédito: Especial Enrique Serna dice que jamás ha solicitado una beca al FONCA. Crédito: Especial



Cuando apareció su novela El miedo a los animales (1995), donde retrata los bajos fondos del medio literario, Enrique Serna estaba en el hospital con la nariz rota por un intento de asalto.


La revista Proceso quiso entrevistarlo, Serna no quería aparecer con el tabique nasal roto y propuso utilizar un retrato de archivo, pero el reportero replicó: "Don Vicente Leñero quiere tomarte así para que se vea que eres una víctima de la propia violencia que estás denunciado".

Aunque el escritor no tomó personas concretas para retratarlas en la novela sino conductas y actitudes, muchos se pusieron el saco. Serna diría entonces que uno de los propósitos de escribirla fue tratar de ser "expulsado de manera definitiva del hampa literaria para librarse de tentaciones".

Vía telefónica desde su casa en Cuernavaca, se carcajea al recordar aquel episodio:

"Produjo resquemores, me granjeó enemistades, hubo gente que se puso el saco que no le correspondía".

Narrador insolente, escritor disciplinado de novelas históricas, cara de pocos amigos, ingenioso y ácido, amante del bolero y seguidor de los Pumas, acaba de ser galardonado con el Premio Xavier Villaurrutia 2019 por su novela El vendedor de silencio sobre Carlos Denegri, tildado por Julio Scherer como el "mejor y más vil de los reporteros".

Denegri cobraba los elogios y los secretos, un hombre abusivo, prepotente, de machismo patológico, un personaje trágico, un alma rota.

"La investigación de la maldad es una de las vetas más interesantes de la literatura", plantea Serna, de 61 años.

Una convicción arraigada en su experiencia como lector, por ejemplo, de Crimen y castigo de Dostoievski, donde el lector se familiariza tanto con la mente de un criminal que llega a justificarlo y desear que no lo atrapen, a pesar de que, por sus valores morales, condena el asesinato. O bien, en Ricardo III de Shakespeare, un ser deforme que asesina a sus rivales para ascender al trono.

"Esos estudios de la mente criminal nos enseñan mucho sobre la condición humana, más que las vidas ejemplares, eso siempre me ha atraído", explica.

Dos escritores conviven dentro de Serna: el autor disciplinado de novelas históricas, preocupado por una reconstrucción fiel de otras épocas, y el narrador insolente que se burla del escritor serio desde la trinchera contracultural.

Cuando trabaja en una novela histórica, que le exige disciplina e investigación, siente que es como escalar el Everest, que desfallecerá y no podrá lograrlo. Es ahí cuando la imaginación intenta escapársele: se le ocurren otras historias, generalmente para cuentos, que anota en una libreta, pero que escribirá solo hasta terminar la novela en marcha.

"Persevero en las novelas históricas porque como soy Capricornio, la virtud es la terquedad, la perseverancia".

Escribe desde las diez de la mañana hasta las tres de la tarde en su pequeño estudio cuando está en medio de una novela o libro. No puede hacerlo por las tardes porque le provoca insomnio, "el principal enemigo literario". Dedica la tarde a leer y pasear a Kinki, su perra Pug. La pandemia tampoco ha supuesto un gran cambio en su rutina. "Siempre he vivido como anacoreta, pero ahora más porque no puedo salir".

Su afición por la literatura empezó por su madre, una estupenda lectora, al verla en sus ratos placenteros leyendo tanto los best sellers del momento como los clásicos de la literatura universal.

Tropezó en la preparatoria con una mala maestra de Literatura que se limitaba a dar fichas de autores. Para escapar de tan tediosa clase, Serna se puso a escribir el cuento fantástico "La bóveda", que ocurría dentro de una caja de cerillos, inspirado en sus autores de cabecera de la adolescencia: H.P. Lovecraft, Edgar Alan Poe y H.G. Wells.

Se lo publicaron en un concurso de cuento del suplemento del periódico El Nacional.

"A partir de entonces sentí que había descubierto mi vocación", dice.

Nunca ha vuelto a reunir ese cuento en alguno de sus libros (Amores de segunda mano, El orgasmógrafo y La ternura caníbal), pero estuvo enmarcado y colgado en la casa familiar de la Colonia Del Valle como fiel testigo del comienzo de una vocación desplegada en el cuento, la novela y el ensayo.

Serna pasó fugazmente por la Bryn Mawr College, una universidad privada para mujeres en Pensilvania. Decidió desistir en el segundo semestre de la maestría, abierta a hombres, cuando se dio cuenta que pasaría más horas leyendo sobre teoría literaria que verdadera literatura.

Para entonces ya había escrito Señorita México, su primera novela, que refleja su interés por el mundo de la farándula, donde Selene Sepúlveda, Señorita México 1966, "cuenta su vida a un reportero de espectáculos que la exhibe como un adefesio ante la opinión pública", y terminado la segunda, Uno soñaba que era rey, un retrato feroz de la sociedad mexicana. Pensilvania representó su retirada definitiva del mundo académico.

Antes había huido del adoctrinamiento marxista en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y optó por Letras Hispánicas en Filosofía y Letras de la UNAM.

Fue el ghost writer de María Félix en su autobiografía Todas mis guerras. La Doña reaccionó con furia cuando quiso preguntarle sobre su matrimonio con uno de los integrantes del Trío Calaveras, una página que ella decidió borrar de su biografía.

"Si vamos a empezar con mentiras -le dijo- yo no quiero hacer este libro".

Se lanzó a escribir la novela El seductor de la patria porque ya tenía mucho material de investigación sobre Antonio López de Santa Anna para una telenovela histórica de Televisa, pero el proyecto se canceló.

"A diferencia de Denegri, (Santa Anna) tiene un ángulo más cómico o tragicómico, que permite tener una visión de él más en el terreno de la farsa".

Serna se introdujo al mundo de las telenovelas por Carlos Olmos. Las tramas intrincadas, el manejo del suspenso requeridos por el género televisivo fueron recursos útiles para libros como Ángeles del abismo, novela entre picaresca y folletinesca, basada en un proceso inquisitorial del siglo 17 contra una falsa beata y su amante indígena.

Si algún vicio ha tenido Serna fue la bebida en su temprana juventud, en su ensayo La clara embriaguez contó cómo lo contrajo y superó. En ese texto estableció que "el arte de narrar consiste en infundir a una historia el vértigo placentero y la intensidad emocional de una parranda lúcida".

Cuando tenía 17 años cayó en sus manos el Rubayat del poeta persa Omar Khayamm (1048-1131), que negaba la existencia del más allá con la misma vehemencia que rendía culto a la ebriedad. La lectura le causó un efecto tremendo, se había formado en escuelas católicas, de jesuitas y lasallistas. Dejó de creer en el más allá y, como Khayamm, pensaba que había que dedicarse a los placeres de la carne y el vino. Se lo tomó tan a pecho que se convirtió en un "borrachazo tremendo" y vivió una "juventud turbulenta".

Hasta que a los 32 años leyó los Cantos de vida y esperanza de Rubén Darío, alcohólico con episodios de delirium tremens, libro escrito en un periodo de lucidez y serenidad.

"En parte gracias a Rubén Darío me di cuenta que la tarea de un escritor, más que beber el alcohol, es producir una bebida embriagante para los lectores".

De gustos musicales "plebeyos", Serna es devoto del bolero desde la juventud, a pesar de que pudiera resultar un tanto anacrónico para su edad. Hay en esa devoción un dejo de nostalgia por la vida nocturna de los años 40 y 50 que no le tocó vivir.

"Son un arte de amar popular, al alcance de todos". En la época del bolero, dice, está depositado un gran tesoro que no ha dudado en utilizar en sus novelas hasta para ponerle título a alguna como es el caso de Fruta verde, composición de Luis Arcaraz.

Serna fue cardenista, participó en marchas y actos de protesta después del fraude electoral del 88. Estaba indignado ante lo que le parecía una maniobra burda, la cooptación de artistas e intelectuales a través de las becas en el sexenio de Carlos Salinas. Le parecía una farsa gigantesca.

"Decía yo cómo es posible que no se den cuenta de esta maniobra tan burda".

Y ese fue uno de los motores de El miedo a los animales, una sátira del medio cultural, pero al mismo tiempo una parodia de novela policiaca, donde Evaristo Reyes, aspirante a escritor que trabaja como policía judicial, busca esclarecer el asesinato del periodista Roberto Lima, quien cuela en sus notas insultos al presidente. Al adentrarse en el mundo literario se encuentra con la corrupción, envidia e hipocresía.

Jamás ha solicitado una beca al FONCA, cuyo nacimiento criticó en el suplemento Sábado de UnomásUno.

"Por congruencia nunca quise pedir, en esa época sí la necesitaba, después mi situación económica mejoró y ahora también siento que no debo pedirla porque debe ser para los autores que más la necesitan".

Tras ponerle punto final a El vendedor de silencio su plan es un nuevo libro de cuentos, ya tiene algunos listos, pero desea escribir más, aunque no corre prisa. El libro de cuentos es de evolución lenta.

"No creo que se pueda ordeñar la imaginación".

Reforma
Erika P. Bucio
Ciudad de México
Domingo 12 de julio 2020.

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