El comunismo es arroz

Kim Jong-un, a caballo, en una imagen difundida por la agencia estatal norcoreana el pasado 16 de octubre. (Archivo) Kim Jong-un, a caballo, en una imagen difundida por la agencia estatal norcoreana el pasado 16 de octubre. (Archivo)


Las memorias de Masaji Ishikawa, un japonés huido de Corea del Norte, no solo son el grito desgarrado de una víctima, sino también la denuncia de un sistema corrupto y cruel


¿Cuál es el sentido de una vida que solo consiste en el dolor? Solo dolor es lo que narra Masaji Ishikawa en sus memorias, marcadas por el hambre, el desarraigo y la pérdida de identidad. El relato de este japonés, perteneciente a una familia de retornados a Corea del Norte después de la Guerra Mundial, es no solo el grito desgarrado de una víctima, sino también la denuncia de un sistema corrupto y cruel en el que sus dirigentes se comportan como reyezuelos medievales, dueños de las vidas y haciendas de sus súbditos.

Hace un par de años un libro de Yeonmi Park, joven norcoreana que huyó al sur a través de China, había sacudido ya las conciencias occidentales al desvelar las condiciones de vida de su país, una dictadura comunista cuyo hermetismo solo ha sido quebrado por las histriónicas apariciones de su primer mandatario, ahora al parecer gravemente enfermo. Poco más que una adolescente, ella era hija de un contrabandista, de familia relativamente acomodada y con ciertas conexiones con el régimen. Ishikawa es sin embargo un auténtico paria, mitad japonés mitad coreano, víctima del racismo nipón, que utilizó a los habitantes de sus antiguas colonias como mano de obra esclava y aun como carne de cañón durante la guerra. Segregado en Japón por ser su padre coreano, vilipendiado en Corea como un “bastardo japonés”, atravesó el río Yalu, frontera entre Corea del Norte y China, en su logrado intento de regresar a su país natal. Lo hizo huyendo del hambre, que diezmó su familia y que en la década de los noventa acabó con la vida de cientos de miles de norcoreanos. El hambre, la corrupción y el terror siguen marcando hoy la vida diaria de un país convertido, sin embargo, en una minipotencia nuclear.

El libro es de fácil lectura y de una brevedad sorprendente para la cantidad de cosas que cuenta. Construido a base de sentencias breves, su estructura parece indicar que el autor lo narró verbalmente a fin de que alguien lo transcribiera. Haya sido o no así, el drama vivido por el protagonista es tal que solo la parquedad de sus descripciones, a veces más parecidas a un acta notarial que a un ejercicio literario, permite soportar la angustia. Junto al sufrimiento y la decepción padecidos por él, nos sirve además para entender la vida diaria de aquel país ignoto que creció bajo el eslogan “el comunismo es arroz”. Ni siquiera eso fue verdad para cientos de miles de norcoreanos que sobrevivieron o malmurieron alimentándose (es un decir) con cortezas de pino. “Hierves la corteza para eliminar las toxinas (mucha gente hacía mal este paso y moría entre tremendos dolores); luego se añade harina de maíz y se cuece el funesto brebaje; finalmente se deja enfriar, se le da forma de pastelito y se come. Es más fácil decirlo que hacerlo”.

Hay virus peores que el de la covid-19, más letales y destructivos para la comunidad. Son los virus del poder que se enmascaran en ideologías totalitarias aparentemente benévolas al servicio de la dominación del otro. No hay final feliz, no puede haberlo, para historias como la de Masaji Ishikawa, que creció en una familia marcada por la violencia y vio perecer repetidas veces sus esperanzas, destruidas por el miedo y el imperio de la fuerza. “Tienes que contarle al mundo que Corea del Norte es un gran campo de prisioneros”, le dijo a Yeonmi Park su madre. Ishikawa, fugado de tan gigantesca prisión, resume así el regreso a su nueva normalidad: “… ni siquiera existo todavía. Continúo en un limbo entre dos mundos. Llevo una vida ‘no viva’. Esa parece ser mi maldición”.

El País
Juan Luis Cebrián
Madrid, España
Sábado 2 de mayo de 2020.

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