El desacuerdo nacional


René Delgado


Hace años -treinta, por lo menos- el país vive en el desacuerdo, inserto en una lucha por el poder y el proyecto de nación. Un litigio con arreglos y desarreglos por arriba y por debajo de la mesa, donde el fraude, el magnicidio, la frivolidad, la violencia, la corrupción y el abuso han compuesto el mazo de cartas de los jugadores y, así, más de una vez se ha estado al borde del colapso. El nombre del juego ha sido el del engaño y la sospecha.

La epidemia nos ha regresado al rejuego de reconocer un cambio de gobierno, pero no un gobierno de cambio. Otra vez, estamos en la vieja pugna por el poder y el proyecto, anteponiendo esa lucha al sincero afán de rescatar vida y trabajo, salud y empleo.

Por eso, hablar de un acuerdo respetable y respetado para encarar la tercera fase de la crisis sanitaria y el inicio de la económica produce el efecto contrario al esperado. En vez de acercar, aleja las posiciones, amagando derivar en una crisis política que, no es improbable, podría llevar al estallido de la crisis social preexistente. Se proponen acuerdos para vulnerar su posibilidad.

Un virus con enorme velocidad de contagio y capacidad letal, una recesión superior a la peor conocida, un desentendimiento político con ribetes de fractura... en suma, una crisis de crisis llama a la puerta y los actores y factores de poder, como si no supieran, preguntan quién toca.

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El poder de la naturaleza más que la naturaleza del poder ha unido al país. Sin embargo y por cuanto se ve, esta vez será la excepción. Quizá, cuando la sombra del dolor y la muerte coloque su crespón en la conciencia y la memoria y los parques sirvan de fosa, los actores y factores de poder reaccionen de un modo distinto frente al problema, con un tardío dejo de humanidad.

Cosas de la vida -y ésta no es una muletilla-, cada que tiembla, la subcultura de la sospecha y la desconfianza ha sido sacudida, borrada por la solidaridad. La tragedia, pero sobre todo el afán de sacar de los escombros a quienes aún respiran o no, ha hecho a un lado la suspicacia ante el desconocido y, con él, mano a mano se han movido piedras, losas y varillas con tal de salvar a otro desconocido y unidos rescatarse a sí mismos en un gesto de grandeza.

Esta vez no. La naturaleza del poder ha prevalecido sobre el poder de la naturaleza que amenaza no sólo con contagiarnos, sino también con arrebatarnos la vida, el empleo y la sonrisa.

***

El pavor a que la ocasión -y la ocasión es una desgracia- sirva a la tentación de llevar el mandato presidencial más allá de un límite aceptable o, lo contrario, al despropósito de maniatar ese mandato cuanto antes, ha atrincherado a los actores y factores de poder en un juego infame, dejando en medio a la gente por la que unos y otros juran aferrarse a su postura. Se proponen acuerdos para ahondar el desacuerdo, no para remontarlo. Ni quien ceda.

La epidemia nos ha regresado al rejuego de reconocer un cambio de gobierno, pero no un gobierno de cambio. Otra vez, estamos en la vieja pugna por el poder y el proyecto, anteponiendo esa lucha al sincero afán de rescatar vida y trabajo, salud y empleo.

Al paso de los días, las mortajas serán el tapabocas de quienes, aprovechando el viaje, han arrancado su precampaña presidencial o de quienes de la circunstancia han hecho oportunidad para jugar fuera del área o de quienes toman ventaja de la tragedia para avanzar en su proyecto.

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Si en más de un país el virus ha tambaleado a los gobiernos y puesto en duda el liderazgo de los jefes de Estado, aquí, el desacuerdo y la desconfianza entre los actores y factores de poder agregan un granito: el vicio de la sospecha.

Los adoradores del mercado dicen 'ya lo perdimos', refiriéndose a Andrés Manuel López Obrador, como si alguna vez hubiera sido suyo y hasta hoy cobraran conciencia de que la opción presidencial corría por un sector social distinto al de ellos, el vasto universo de los pobres. Y otros, en este caso el mandatario, advierten en la crítica o la recomendación no el consejo, sino la gana de echar abajo su proyecto, si no es que a él mismo. Y, desde luego, están los consejeros espontáneos que, sin reconocer el inevitable ajuste del modelo neoliberal ante la ausencia de uno distinto, insisten en hacer lo de siempre y mirar hacia adelante para regresar a lo de antes. Nada de ensayar algo diferente, así sea este un gobierno de cambio.

Es de pena el nivel de la clase política, sobre todo, de aquellos integrantes que desahuciados hoy ven la oportunidad de resurgir no de las cenizas, sino del basurero, o de quienes sin liderazgo ni visión descalifican porque sólo eso saben hacer. De pena, la tozudez de esa porción del empresariado que, a fuerza de hacer sentir que hay votos de a peso y de peso, hasta a sus propios líderes desconocen, exigiendo endurecer la pierna mientras cínicamente despiden empleados o ahorran a costa de ellos, jurando preservar la fuente de trabajo. De pena, la necedad de autoconcebirse como héroe, prócer, víctima o mártir, cuando el puesto es de jefe de gobierno y Estado, sí, con margen de servir a los pobres, pero sin ignorar al resto. De pena, los intelectuales que, con toga de ilustradores, recuerdan con nostalgia cuando fueron con Carlos Salinas a encender la luz en Chalco y, luego, exigieron en voz baja cobrar el servicio a los beneficiarios y hoy los asquea ayudar a fondo perdido a los pobres.

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Sí, en un país hundido por años en el desacuerdo, instar a un acuerdo es incomprensible, pero urge construir un lenguaje común, tender puentes, salir de la subcultura de la desconfianza, la sospecha y el doble juego a fin de cuidar la vida y el trabajo.

Romper, en verdad, el molde de la confrontación y el desacuerdo, escapar de la prisión de los engaños, mirar hacia adelante y privilegiar hazañas, no traiciones y cobardías.

Estos no son días santos, son de muertos. La nación agradecería que actores y factores de poder pensaran en ella y no sólo en ellos mismos.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 11 de abril de 2020.

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