Punto de quiebre


René Delgado

    
Entre sus acepciones, asistir significa estar o hallarse presente, ayudar, servir e, incluso, acompañar a alguien en un acto público. Pues bien, a partir de la voluntad electoral y la realidad local y global, nos toca asistir de un modo u otro a un punto de quiebre de la historia nacional.

Un giro de cuyo efecto y nuevo curso se carece de certeza, así algunos auguren una hecatombe y otros vaticinen una maravilla. Ahí se explican la zozobra y el sosiego, la inquietud y el entusiasmo, el ansia y el interés. Tales actitudes son normales. Implican dejar la zona conocida y habitada, fuese de bienestar o malestar, la certidumbre como gloria o condena. Por eso, la resistencia o el apoyo a la idea de explorar el más allá sin mapa ni hoja de ruta. Ojalá y en las papelerías vendieran guías para incursionar en lo desconocido, fácil resultaría dar la vuelta en la siguiente esquina de la historia y llegar adonde se quisiera.

Lo importante en todo caso está en definir cómo asistir a este momento, apostando al fracaso de la exploración y exigiendo regresar al punto de partida, jugando a descubrir un mejor territorio económico, social y político sin calcular los pasos o intentando cepillar el filo de la polarización y el encono que, cuando no neutraliza, frena o entorpece ensayar un nuevo derrotero sin tentar peligros.

No en vano, un quiebre supone un crujimiento, un ruido sordo y seco, que solo en caso de fractura implica una derrota, en este caso, nacional.

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Justo por estar en ese punto de quiebre es que, día a día, afloran expresiones y manifestaciones inconcebibles, plausibles o execrables, desequilibradas por lo general.

Con o sin disfraz, a diario cobran presencia valores y disvalores, acciones disparatadas, posturas incomprensibles y actos increíbles, ocultando en la cotidianidad el momento histórico que el país transita con una natural dosis de confusión, de aciertos y errores cuya consecuencia final configura una incógnita hasta ahora.

Todos los días ocupan espacio lo mejor y lo peor, la inteligencia y la ocurrencia, la generosidad y la mezquindad, la esperanza y la desesperación, la grandeza y la pequeñez, la zancadilla y el tropiezo, la trascendencia y el oportunismo, la humildad y la vanidad, la miseria y los miserables, el pudor y la impudicia, el saqueo y la restitución, el civismo y el cinismo, la pusilanimidad y la resolución, la condescendencia y la intransigencia... y, como una constante, la tentación de formar filas en un bando, atrincherarse y no moverse en defensa de la posición, como si la inmovilidad fuera la opción ante un cambio.

Ese resistir e impulsar arroja por resultado un país detenido. Incapaz de reaccionar en el peor momento, cuando se han removido los pilares de algunas instituciones, sin fijar los pivotes de las nuevas. Un impasse que no marca un compás de espera, sino un callejón sin salida. Un limbo insoportable, donde unos apelan al futuro originalmente concebido sin advertir su inexistencia y otros resucitan la historia como refugio sin asumir que aquello fue. En ambos casos ignorando el presente donde están parados, inertes. Sin reconocer cómo se está perdiendo el tiempo y deteriorando la atmósfera y, con ello, la oportunidad de construir de conjunto una alternativa.

Unos y otros se gritan y descalifican, abordando del mismo modo asuntos trascendentes y banales, sin dirigirse la palabra. Absurdo por completo.

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En tal situación, ese giro detenido de la historia se ha topado con dos fenómenos imprevistos en su agenda: la rebelión de las mujeres y el surgimiento de un virus.

El lunes 9 de marzo, las mujeres están resueltas a hacerse presentes a partir de su ausencia y, por esa vía, exigir el cambio del patrón cultural de sometimiento y desdén, impuesto ancestralmente en su contra. No, no quieren solo resolver este o aquel otro feminicidio, que es la expresión más bárbara y brutal en contra de ellas, sino sentar las bases de otra cultura, donde la agresión y la discriminación multimodal no sean la cotidianidad en la casa, el trabajo, la escuela, el deporte, el arte, la calle e, incluso, en el transporte que las lleva de un infierno a otro.

Ante ese giro dentro del giro, la clase política no acaba de entender la furia social de las mujeres. Corre de una postura a otra o rebota en la contradicción, intentando no sufrir muy severas consecuencias, declarándose feminista de corazón por veinticuatro horas o fascista de ocasión, ofreciendo a las mujeres restaurar la pena de muerte a sus agresores a cambio de recibir votos en su alforja. Increíbles las posturas.

De la inteligencia, el dolor, la rabia y la creatividad mostradas por las mujeres depende no solo el curso del giro dentro del giro, sino también la posibilidad de salir del pasmo y la atonía política en que el país se encuentra.

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La llegada al país del coronavirus es la otra sorpresa.

No solo el eventual efecto del virus en la salud, sino también en la economía y el ánimo social incorpora un nuevo ingrediente en la escena, marcada por la parálisis política. Obliga a mover las piezas en el tablero nacional, cuidando atender sin temer la situación, además de atemperar el encono y la polarización a fin de emprender acciones de consuno.

Ahondar las trincheras y las diferencias teniendo enfrente el peligro de una pandemia sería gravísimo.

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La rebelión de las mujeres y la llegada del coronavirus (quizá, pronto el hartazgo ante la violencia criminal y la inseguridad) dictan moverse para atender la situación, salir del pasmo político, moderar posturas y conductas, acordar y avanzar.

De no ser así, el punto de quiebre puede derivar en el quiebre del punto donde el país se encuentra detenido.

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Sábado 29 de febrero de 2020.

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