Politicidio y furia social


René Delgado

    
Al modo de Juan Pirulero, cada actor político atiende su juego: buscar clientelas, entusiasmar a la base, descuidar ciudadanos, cultivar la parcela, fijar o cuestionar la agenda, atraer reflectores, cavar trincheras, ganar algún cachito de gloria, encontrar y envolverse en alguna bandera, burlar o descalificar al adversario, tirarse de los cabellos, comerse las uñas, tronarse los dedos y, así, no muy conscientes, dar al traste... con la política, al tiempo de abrirle la puerta a la desestabilización y animar la furia social.

Increíble. Con la mano en la cintura y enorme irresponsabilidad, el Ejecutivo denuncia supuestos intentos golpistas en su contra. El presidente del INE reclama alcanzar acuerdos a partir del consenso, mientras él da madruguetes. El coordinador de los senadores panistas no descarta reponer la pena de muerte, animado por la idea de un correligionario. Los gobernadores fingen demencia, se pegan a la pared o se agachan. Los legisladores hacen, deshacen y rehacen leyes, creyendo así modificar la realidad. Los jerarcas eclesiales mejor ya ni abren la boca, a excepción del vicario de Morena. El dirigente priista se hace guaje ante la idea de pedir perdón a la ciudadanía. La dirigencia de Morena entra en disputa y, entonces, algunos legisladores aprovechan para salirse del redil o tirar pa'l monte. Los ultras del neoliberalismo exigen a los empresarios lanzarse ya contra el presidente de la República y dejar de tomar atole. Algunos ministros y magistrados retrasan resoluciones para no meterse en líos, aunque los problemas se alarguen y alarguen.

Y, claro, cuando la realidad pone contra la pared a la clase política y sus huestes, la niegan, viendo detrás de ella una mano negra, azul o morena, o bien, asegurando que alguien la mece o le da cuerda. Eso sí, todos juran actuar en nombre de la justicia, la democracia y la igualdad, en bien de la patria, recargando en el contrario la culpa.

Sólo la violencia y el crimen están de fiesta... mientras la esperanza democrática se diluye.

***

Más de un foco rojo del malestar social titila aceleradamente, pero la clase política y sus acólitos están tan metidos en lo suyo que ni cuenta se dan, y nada les dice lo sucedido en el vecindario latinoamericano.

Si, de súbito y de modo brutal, la estabilidad entró en crisis en Chile, Ecuador o Colombia por problemas aparentemente controlados, aquí, viendo cómo crece la furia social por la violencia contra las mujeres, la inseguridad pública, la falta de medicamentos o servicios, las pensiones de retiro, la operación disfuncional de la Universidad, el Gobierno del crimen en más de una región o el deterioro de los servicios públicos, la clase política interpreta de modo singular esa realidad.

La mira a partir de una óptica bipolar: son pretextos para sabotear mis planes y mi mandato o, si bien es grave cuanto sucede, lo verdaderamente importante es la oportunidad de sacarle raja política.

Bajo esa interpretación, las ocurrencias de un lado o del otro brotan casi de manera espontánea. Radicalizar castigos y penas, aun cuando la impunidad sea la reina dominante; encargar al Ministerio Público los escolares cuyos padres no pasen a recogerlos, aun cuando esa institución no ate ni desate; elaborar decálogos de bote pronto; discutir si debe aplicarse mano dura o blanda, o de plano sacar las manos; disponer patrullas en las escuelas; crear fiscalías especiales; guardar un minuto de silencio cada que sea necesario; banalizar la gravedad del asunto con un fúchila, guácala; y, desde luego, elevar una y otra vez la infaltable enérgica condena, aparte de exigir que caiga todo el peso de la ley sobre los autores del crimen en turno, a sabiendas de la levedad de aquella.

Así, sin pensar, acordar, elaborar ni sostener políticas serias de corto, mediano y largo plazo, lo más lejos que se llega es a ir poblando el país de memoriales y antimonumentos para venerar el recuerdo sin remontarlo, mientras la clase política deja escapar por tercera ocasión la posibilidad de hacer de la alternancia una alternativa.

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Saben la clase política y su porra de la fragilidad de la economía y las finanzas, donde un paso en falso puede quebrarla, así como de la crisis en la cual se encuentra el régimen de partidos. Sin embargo, juegan no a dar respuesta a la ciudadanía, sino a ofrecerle explicaciones históricas de cuanto le sucede o, desde la oposición, a exponerle un catálogo viejo de recriminaciones al gobierno.

El impresionante informe del INE sobre la brutal caída del padrón de militantes de los partidos políticos -a excepción de ese baluarte que es el Partido Verde- habla del engaño con que proceden a afiliar cuadros y, si no del engaño, de la creciente decepción política generada por ellos. Esa crisis habla de partidos sin discurso, pobres en su militancia, multimillonarios en sus recursos y, por lo mismo, dispuestos a pelear su dirigencia aun cuando pierdan la dirección y el rumbo. Ese informe habla de la fascinación por practicar la política ficción.

Si esos partidos son los pilares de la democracia, esta puede derrumbarse.

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En tal situación, frágil la economía y las finanzas y en crisis el ejercicio de la política, no advertir que la furia social puede desatar un problema de mucha mayor proporción es tanto como jugar, si cabe y vale el término, a un autopoliticidio. Al absurdo de ver cómo los supuestos políticos profesionales liquidan a la política y le abren la puerta a una situación aún más compleja que la de hoy.

La furia social y la violencia criminal ponen de nuevo al Estado contra la pared e, increíblemente, la clase política se empeña en seguir jugando a Juan Pirulero.

Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 23 de febrero de 2020.

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