Gutiérrez Müller, el INAI y la BUAP


Beatriz Gutiérrez Müller

Esta publicación es muy larga. La extensión es debida a que trato un asunto excepcional. Si usted tiene paciencia o mucha curiosidad, siéntese cómodamente para enterarse a detalle.

Alguna persona solicitó al Instituto Nacional de Transparencia (carta adjunta: http://bit.ly/Carta_INAI) información relativa a mi empleo en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP).

Hoy he remitido los datos solicitados a la misma (datos solicitados: http://bit.ly/CartaINAIBUAP). Lo he hecho no solo porque creo que la ley debe cumplirse sino por una convicción personal: la transparencia es pilar de una nación democrática. Y como yo laboro en una institución de educación superior que se mantiene con recursos públicos —federales y estatales—, no tengo ningún inconveniente en compartir su contenido.

Este ejercicio evita la pereza que me daría tener que hacer aclaraciones sobre el tema cada tercer día. Así que, si un ciudadano en extremo curioso, como ha ocurrido, está interesadísimo en saber qué hace esta profesora-investigadora quien escribe, aquí se lo voy a contar de una vez.

Para poder ser Profesor Investigador Titular de Tiempo Completo (PIT-PTC) en una universidad, (digámoslo en otras palabras: para hacer «carrera académica») lo más recomendable es ingresar a una institución pública de educación superior porque estas suelen pertenecer a una red federal acreditada (PNPC) o internacional, de posgrados de calidad. Sin embargo, alcanzarlo es difícil: hay poca oferta de plazas y muchos egresados en demanda de ellas. En las últimas décadas, el nivel de competencia se ha elevado: si antes los profesores universitarios obtenían esta plaza con solo una licenciatura, hoy en día, los nuevos PIT PTC han alcanzado, como mínimo, el grado de doctor. Aún más: como son muchos los lisonjeros de un «tiempo completo», el modelo PTC vigente —implementado por la SEP hace ya un buen tiempo—, se ‘democratizó’: se abre una convocatoria, se inscriben los aspirantes y ‘gana’ el mejor. No siempre ha ocurrido este ideal de transparencia, pero, si en este momento denuncio las irregularidades que me constan, no podría continuar mi relato.

En 2014, me inscribí en un concurso con este extraño nombre: «Convocatoria Retenciones y Repatriaciones» que ofreció el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt). La intención de este programa federal (que ojalá siga vigente) es que profesores que acreditaron un doctorado se empleen en una institución que esté interesada en ‘retenerlos’ o ‘repatriarlos’ (porque, en efecto, hay mucha ‘fuga de cerebros’).

De este modo ingresé a la BUAP. Era enero de 2015. El primer año, mi sueldo lo pagó Conacyt a la BUAP (así está en el Reglamento) y como la casa de estudios decidió contratarme, ésta me pagó los siguientes cuatro.

La Ley Orgánica de la universidad da el derecho a los PTC de concursar por una plaza definitiva al cumplirse el quinto año de permanencia en la institución; esto es, podemos aspirar a tener certeza contractual. Así que, como cada año, cuando la BUAP abrió la convocatoria «Concurso de Evaluación Curricular 2019» me inscribí, luego de cubrir el principal requisito: antigüedad de cinco años reglamentarios.

Felizmente, después de examinar nuestros expedientes, 171 académicos obtuvimos nuestro «contrato definitivo». Me colocaron en el nivel A por lo que mi sueldo neto mensual es de $16,822.00 (unos 860 dólares).

¿Cuál es la tarea principal de un profesor-investigador por ese sueldo? Básicamente, la docencia. Pero, como no alcanza esa remuneración, muchos maestros aumentan su carga de trabajo dedicándose de manera adicional a la investigación; esta no es exigida pero sí recomendada. Se trata de aportar nuevos conocimientos, no nada más de formar capital humano. Por investigar en sí no hay paga extra (incluso, hay que ‘poner dinero’ porque escasamente las universidades financian nuestras investigaciones) pero sí las publicaciones de resultados permiten al maestro participar en convocatorias públicas para obtener estímulos o becas y hacerse de un algún recurso extra, que tampoco es tanto (una vez me dieron uno de $18,000 para un año).

El Sistema Nacional de Investigadores (SNI) me otorga un estímulo mensual de 10,000 (unos 530 dólares) durante tres años en el nivel Candidato (mi nivel actual). Y cada tres años debemos ser evaluados; si el investigador no alcanza estándares internacionales, pierde la distinción y, por tanto, ese ingreso pecuniario. En este tema de publicar investigaciones agrego: ningún profesor que yo conozca cobra por artículos en revistas indexadas (o de calidad) porque se sobre entiende que la institución a la que pertenece le paga un sueldo.

Tampoco a ninguno que yo conozca le pagan por publicar libros en editoriales públicas o institucionales. A mí me han dado cinco, diez ejemplares como pago en especie. (Otra acotación: como la discriminación académica es un hecho, solo el 32 por ciento de los miembros del SNI somos mujeres; apenas 8,000 en todo el país).

Cuento estos detalles para que se sepa cómo funciona en México la denominada ‘excelencia académica’. ¡Así es el sistema!

A mí siempre me ha gustado aprender. Ya he dicho en más de una ocasión que me considero alumna vitalicia. Entonces, desde primaria hasta la fecha, por buen rendimiento escolar, he sido beneficiaria de becas y apoyos que me permitieron llegar a la obtención del grado de Doctora en Teoría Literaria, en 2013, por la Universidad Autónoma Metropolitana (Iztapalapa). Otro jueves podría platicarles en qué consiste esta peculiar disciplina de estudio, pero, de nuevo, eliminaré detalles porque aplazaría el fin de la historia. (Por cierto: la Secretaría de Educación Pública tiene la obligación de validar los estudios de todos los mexicanos, de modo que, si alguien tiene una curiosidad suplementaria, puede requerir mis certificados desde 1972 a 2012: 30 años de estudios acreditados).

Como es del dominio público, mi esposo es el presidente de México. Desde mayo de 2018 anticipé cuál sería mi papel si él triunfaba en las urnas. Declaré en Minatitlán que no aceptaría el nombramiento de «Primera Dama» porque considero que todas las mujeres somos iguales y porque tal ‘cargo’ no existe legalmente; tampoco, anuncié, continuaría la tradición de dirigir el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), actividad natural o acostumbrada de muchas esposas de gobernantes. ¿Por qué no? Por tres motivos que ahora recuerdo a ustedes (ya los he repetido varias veces):

1) considero que ninguna mujer debe abandonar lo que le gusta o le interesa porque su esposo ahora tiene un nuevo empleo;

2) se puede aportar a nuestra gran nación desde otros ámbitos y más allá de un sexenio. Por ejemplo, ayudo de manera voluntaria y no remunerada en el Programa de «Memoria histórica y patrimonio cultural» de México, tema afín a mi formación profesional. Y

3) porque mi carrera personal me ha costado décadas de construcción que no puedo destruir: si lo hago, me falto al respeto a mí misma.

Yo prometí y he tratado de cumplir, apoyar a mi esposo, el presidente de México a hacer un buen gobierno; cuidar de mi familia (que es vital para mí) y continuar con mi empleo, el que ya tenía antes de que Andrés Manuel ganara las elecciones, y el que espero conservar después de su mandato.

También ofrecí ayudar a todo mexicano que me pida ayuda, y he hecho todo lo que ha estado en mis manos para contribuir al bienestar de alguien o a la solución de un problema pues, aunque yo tenga un empleo, tenga una familia y tenga aficiones personales ¡primero es México!

Así termina esta historia. La ha propiciado una petición hecha al INAI, seguramente de alguien que codicia mi fracaso (¿o el de mi esposo?) o que nace a la luz de la tiniebla de quien se frota las manos pensando: “ya la cachamos, es aviadora” … Sí, quizá sea de este modo: me cacharon confesando que la carrera académica me ha dado sinsabores y desengaños, sobre todo cuando un despistado confunde mi profesión con su fobia política. Sin embargo, mi carrera académica me ha brindado satisfacciones y logros. En vez de decepcionarme este o aquel, me volvió más perseverante. El pago es malo, pero tengo una certeza: si hago lo que me gusta, soy feliz. Y soy feliz, feliz, feliz. #vidañoña

Atentamente, Beatriz Gutiérrez Mueller

Carta INAI: http://bit.ly/Carta_INAI

Datos solicitados: http://bit.ly/CartaINAIBUAP

Puebl@Media
Beatriz Gutiérrez Müller
Ciudad de México / Puebla
Viernes 10 de enero de 2020.

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