Yeonmi en el Forum de la Libertad celebrado en Oslo en octubre. (Foto: Cordon Press) Yeonmi en el Forum de la Libertad celebrado en Oslo en octubre. (Foto: Cordon Press)

Yeonmi Park, forma parte de las decenas de miles de norcoreanos que han escapado a uno de los regímenes más cerrados y represivos del mundo

Yeonmi Park tenía nueve años cuando la llevaron a ver el fusilamiento de la madre de su mejor amiga. Por el hecho de crecer en Corea del Norte, ya había asistido antes a ejecuciones. Se recuerda a la espalda de su madre, en las plazas y estadios donde el Partido de los Trabajadores de Kim Jong-il acostumbraba a silenciar el más mínimo susurro de la disidencia. Sin embargo, esta vez fue diferente. Vio cómo a aquella mujer a la que ella conocía la ponían en una fila con otros ocho presos. Su delito consistía en haber visto películas de Corea del Sur y prestárselas a sus amigos. El castigo fue la ejecución a cargo de un pelotón de fusilamiento. Cuando los verdugos levantaron sus armas, Yeonmi se tapó la cara. Sin embargo, volvió justo a tiempo para ver un estallido de sangre y el cuerpo de la mujer desplomándose. "Fue la primera vez en mi vida que sentí terror", rememora.

Relata este horrible incidente ante un batido, en Seúl, la capital de Corea del Sur, a menos de 60 kilómetros de la frontera con Corea del Norte pero que, con sus coches de lujo y autopistas de 10 carriles, parece otro planeta. Han pasado 12 años desde aquel día y Yeonmi Park, que ahora tiene 21, forma parte de las decenas de miles de norcoreanos que han escapado a uno de los regímenes más cerrados y represivos del mundo.

Se ha convertido en una activista empeñada en concienciar al mundo de la lamentable situación de su pueblo. Utiliza la televisión y las redes sociales para dar a conocer las violaciones de derechos humanos en Corea del Norte y participó recientemente en Dublín en el 'One Young World Summit', donde compartió escenario con Kofi Annan, Bob Geldof y el expresidente de México Vicente Fox, entre otros.

En 2002, su padre fue condenado a 17 años de cárcel. Sufrió torturas. "Lo trataban como a un animal", relata Yeonmi

Yeonmi nació el 4 de octubre de 1993 en Hyesan, un puerto fluvial famoso por su clima frío, a orillas del río que a lo largo de 1.370 kilómetros hace de frontera entre Corea del Norte y China. El 8 de julio del año siguiente, Kim Il-sung, de 82 años, fundador y Gran Líder del país, moría de un ataque al corazón. Las esperanzas de que podría haber estado dispuesto a que Corea del Norte se abriera gradualmente al mundo se evaporaron en cuanto su hijo, Kim Jong-il, asumió el poder y se dedicó a transformar la nación en miembro del tristemente célebre eje del mal de George Bush. Mientras tanto, la economía del país se derrumbaba y la gran hambruna -que terminaría por llevar a la tumba a dos millones y medio de personas, según Andrew Natsios, exjefe de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional- empezaba a tomar carta de naturaleza. Como escribe Barbara Demick en 'Nothing to Envy' [Nada que envidiar], su libro definitivo sobre ese período, los que eran demasiado jóvenes, demasiado pobres o demasiado honrados para conseguir comida como fuese murieron rápidamente.

El padre de Yeonmi era un funcionario de categoría media y miembro del Partido de los Trabajadores empleado en el Ayuntamiento de Hyesan. Sacaba a su familia adelante gracias a una actividad paralela ilegal de venta de oro, plata y níquel (que adquiría a través de intermediarios en Pionyang, la capital) a chinos del otro lado de la frontera. Estos ingresos contribuían a evitar a su familia lo peor de las penalidades. Pero en 2002 fue arrestado por comercio ilícito. Condenado a 17 años de cárcel, ingresó en una prisión cerca de Pionyang. Una visita fue suficiente para que la madre comprobase que el precio de la infracción no era solo el encierro. Le habían dado palizas, torturado, privado de agua y alimentos. "Lo trataban como a un animal", relata Yeonmi. "Era mi héroe y su país no hacía más que golpearle. No podía creerlo".

Aun así, tuvo más suerte que muchos norcoreanos enviados a campos de concentración al estilo soviético para no regresar jamás. Según un informe de Human Rights Watch de enero de este año, hasta 120.000 presos políticos, entre ellos niños, se encuentran actualmente recluidos en campos secretos de trabajo, conocidos en Corea como 'kwan-li-so'.

Al cabo de tres años, el padre de Yeonmi logró salir de la cárcel gracias a los sobornos. Para entonces, no obstante, ya sufría un cáncer de colon. Cuando su hija lo vio por primera vez tras la recobrada libertad, la figura en otros tiempos robusta se había convertido en un fantasma. "¡Cambió tanto! ¡Se volvió tan pequeño! No podía creer que fuera mi padre", afirma.

La familia Park estaba completamente arruinada. Poco después de la detención del padre, la madre y las dos hermanas tuvieron que mudarse a un piso diminuto para sobrevivir. Una vez reunida, la familia comenzó a tramar su huida a China en busca de una nueva vida. Pero antes de que pudiese poner en marcha su plan, Eunmi, la hermana mayor, de solo 16 años, escapó del país con su novio. Yeonmi y su madre decidieron seguirla y traerla a casa.

Cuando huyeron a China, pidieron ayuda a traficantes de la zona. No solo se la negaron sino que violaron a la madre.

Así fue como, en la noche del 30 de marzo de 2007, ambas se encaminaron hacia la frontera con la ayuda de un contrabandista. Su padre se quedó atrás para reducir al mínimo los riesgos. Llegaron al río helado que separaba ambos países. Lo cruzaron y, una vez en la otra orilla, echaron a correr. "Lo único que era capaz de pensar era que podían tirotearme. Corrí, corrí y corrí", relata la protagonista de esta historia. Cuando se detuvo, descubrió que estaban en la provincia china de Jilin. Allí se dedicaron a buscar a la hermana desaparecida. Pidieron ayuda a traficantes de la zona. No solo se negaron, sino que violaron a la madre de Yeonmi delante de ella, tras amenazarlas con entregarlas a la policía.

Unos días más tarde, su padre, preocupado por la falta de noticias, logró cruzar la frontera y reunirse con ellas. A la familia le dio miedo entonces hacer el camino de regreso y decidieron quedarse allí. Pero las desdichas no habían terminado. Se refugiaron en una habitación a las afueras de la ciudad de Shenyang. "No tenía electricidad ni agua, porque no podíamos pagarla", recuerda Yeonmi. Allí fue donde, a las 7.30 de una gélida mañana de enero, murió su padre. Sin documentos y ante la perspectiva de ser detenidas y deportadas si caían en manos de la policía, se vieron obligadas a sobornar a los empleados de un crematorio para hacer desaparecer el cuerpo en mitad de la noche. A las tres de la madrugada siguiente, Yeonmi y su madre llevaron sus restos a una montaña cercana y los enterraron en secreto. "No hubo funeral. Nada", explica Yeonmi. "Ni siquiera pude hacer eso por él. No llamamos a nadie para contarle que había fallecido. Tenía 45 años, era muy joven. Tampoco habíamos podido darle analgésicos contra el dolor".

Para ellas, la desaparición del padre marcó el fin de su estancia en China. Durante dos días viajaron en un autobús hacia el sur y pasaron un corto período de tiempo en un albergue cristiano dirigido por misioneros chinos y surcoreanos en la ciudad portuaria de Qingdao, que cuenta con una gran población coreana. Cuando se les presentó la oportunidad de huir a Corea del Sur a través de Mongolia, la aprovecharon, a pesar de que aún no habían logrado dar con Eunmi.

En febrero de 2009 se encontraban en el desierto de Gobi, escudriñando el cielo de la noche para orientarse hacia la frontera, buscando la libertad. Una vez allí, podrían solicitar asistencia a Corea del Sur, donde se ayudaba a los refugiados del Norte.

Más de 1.500 norcoreanos huyeron de su país en 2012 con la esperanza de empezar una nueva vida lejos del régimen de Kim Jong-un, que se convirtió en el Líder Supremo a raíz de la muerte de Kim Jong-il, su padre, en 2011. Sus motivos son comprensibles. A principios de ese año una investigación de la ONU concluyó que las violaciones de los derechos humanos cometidas por el régimen eran "sorprendentemente parecidas" a las perpetradas por los nazis durante la II Guerra Mundial. Torturas, hambrunas masivas, violaciones, abortos forzosos y ejecuciones se usaban a diario contra sus 24 millones de habitantes, según el informe. Si bien ha visitado recientemente el país un número cada vez mayor de extranjeros, e incluso famosos como el baloncestista estadounidense Dennis Rodman, lo cierto es que las libertades de circulación, información y opinión son prácticamente inexistentes. "La gravedad, escala y naturaleza de estas violaciones no tienen parangón en el mundo contemporáneo", se lee en el informe de la ONU.

Ahora bien, escapar de Corea del Norte no es fácil. Los refugiados que pasan a China tienen que hacer frente a discriminación, la amenaza constante de ser detenidos y, en el caso de las mujeres, la violencia sexual, afirman grupos de activistas. Los que tratan de llegar a un tercer país desde el que huir a Corea del Sur se enfrentan a la deportación si los atrapan y la pena para los que son obligados a regresar es la ejecución o la cadena perpetua.

Ese parecía ser el destino de Yeonmi cuando los guardias de frontera de Mongolia rodearon su grupo mientras avanzaba a duras penas a través del desierto. Les dijeron que las devolverían a China de inmediato. Yeonmi y su madre suplicaron por sus vidas. Y cuando esto falló, intentaron algo mucho más radical. Cogieron los pequeños cuchillos que llevaban con ellas y se los acercaron a la garganta, amenazando con suicidarse a menos que los guardias las dejaran quedarse en Mongolia. "Pensé que había llegado el final de mi vida. Nos dijimos adiós la una a la otra", asegura Yeonmi.

Su reacción, sin embargo, resultó eficaz. Fueron detenidas y 15 días después trasladadas a un centro de reclusión en Ulan Bator, la capital del país. Varias semanas más tarde eran entregadas a funcionarios del país y el 1 de abril de 2009, exactamente un año después de la muerte de su padre, Yeonmi se encontraba en el aeropuerto Genghis Khan lista para embarcar en un avión con destino a Seúl.

Yeonmi ha sido incluida en una lista de desertores a los que el Gobierno de Corea del Norte quiere eliminar.

Al cabo de unas horas aterrizaba. Bajó del aparato vestida aún con un andrajoso uniforme de reclusa. Recuerda que apenas podía respirar ante las pasarelas rodantes, un artilugio inimaginable en su patria, y los aseos públicos inmaculados. "Nunca había visto nada igual", detalla.

Al menos 20.000 norcoreanos han buscado refugio en el Sur a lo largo de las dos últimas décadas y, si bien la adaptación no es fácil, a Yeonmi le ha ido mejor que a la mayoría. Tanto ella como su madre han encontrado trabajo (de dependienta en una tienda y de camarera), con lo que la joven tuvo la posibilidad de volver a la escuela. Cinco años después de su llegada, es una estudiante de tercero de Derecho en la Universidad de Dongguk, una de las mejores de la ciudad, y su presencia es habitual en programas de televisión. Utiliza su fama para dar a conocer la situación de Corea del Norte y en su tiempo libre ha aprendido a hablar inglés con fluidez, lo que le permite que su mensaje llegue aún más lejos. En abril se reunió al fin con la hermana que durante tanto tiempo temió que hubiese muerto: Eunmi, de 23 años, llegó a Corea del Sur a través de China y Tailandia.

A pesar de todo, Yeonmi todavía tiene la sensación de que no ha escapado de las garras del régimen de Kim Jong-un. Corea del Sur asigna investigadores a los refugiados recién llegados, a los que no pierde de vista, y en mayo recibió una llamada del agente que se ocupa de su caso. Le advirtió de que su nombre había sido añadido a una lista de objetivos de desertores declarados que el régimen de Corea del Norte se proponía eliminar. La revelación la llevó a indignarse más que a asustarse: "He cruzado el desierto de Gobi, he perdido a mi padre, pero aún no soy libre. Todavía tienen poder sobre mí. Tratan de controlarme. Seguiré adelante hasta que pueda recuperar la libertad de verdad", clama.

Tanto el detective como la madre de Yeonmi le han sugerido que deje de criticar a Kim Jong-un. Sin embargo, está convencida de que alguien que, como ella, ha pasado por todo eso tiene una obligación moral para quienes sufren circunstancias similares a las suyas. "Mientras atravesaba el desierto pensé que realmente aquello no le importaba a nadie, ¿sabes? Iba a morir allí y absolutamente nadie se acordaría de mí. A las chicas que lo están intentando ahora les pasa lo mismo. Las violan. Las matan. Sin embargo, nadie se va a acordar de ellas. Esa es la razón por la que pensé que bajo ningún concepto dejaría de levantar mi voz".

El día que nos encontramos lleva un vestido de un llamativo color rojo y luce una sonrisa casi permanente. No obstante, la rabia que siente hacia aquellos que han destruido su país queda patente. "Kim Jong-un debe ser castigado y conducido ante la justicia. ¿A cuántas personas ha asesinado?". Espera regresar algún día a su casa para enterrar las cenizas de su padre en una Corea del Norte libre. "Es mi sueño", relata. "Resulta difícil imaginar cuándo llegará ese día, pero tal vez mi hija o mi hijo tengan la posibilidad de hacerlo. Kim Jong-un cree que puede seguir siendo un rey allí, pero nada es para siempre.

El Mundo
Madrid, España
Sábado 6 de diciembre de 2014.

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