Misterios de la trinidad

Jesús Silva Herzog Márquez

En su celebración de ayer, el presidente López Obrador nos ofreció una pista valiosa para acercarnos a su entendimiento del mundo. Invitaba al primer informe de gobierno al tiempo que en la escenografía se describía ese evento como el tercer informe. Misterios de la contabilidad lopezobradorista: lo primero es, al mismo tiempo, lo tercero. Como el dogma cristiano un solo dios son tres y esa trinidad no es triple sino uno solo, en la aritmética del México renacido el primero es ya tercero, aunque siga siendo el inicial. 3=1=3. Cierto: los publicistas del gobierno han aclarado que han contado como "informes" su discurso de los cien días y el mensaje al cumplir un año de la elección. Pero lo que revela esta trivialidad es la distancia del mundo de los números. Desatención, desprecio e incluso hostilidad a la aritmética.

¿Quién fue el primero que sumó uno más uno? Un miserable, respondió con vehemencia Rousseau en su Discurso sobre las ciencias y las artes. A su juicio, el libro de las sumas y las restas nació de la avaricia. Como todas las ciencias, la aritmética brotó del vicio humano. El bien carece de curiosidad. No multiplica ni se entretiene con decimales. Son las serpientes quienes nos tientan con la vanidad del conocimiento. Un virtuoso no pierde el tiempo sumando lo que tiene para compararlo con lo que desea. Una persona de bien no haría contabilidad de ganancias y pérdidas. Una persona virtuosa viviría feliz, libre del mal de números. Ahí está una de las fibras más profundas del romanticismo político: colocar la virtud por encima y en contra del cálculo racional. Ver con sospecha la ciencia que nos deshumaniza. Advertir que el avance científico es enemigo de la alegría. Imaginar una ignorancia dichosa, inocente y plena. Denunciar a la técnica como una perdición moral. En esa clave escribía Octavio Paz en "Entre la piedra y la flor" que saber contar no era saber cantar. El arte del canto, sugería claramente, era superior a la árida disciplina de las cuentas.

La política lopezobradorista es, en ese sentido, hondamente reaccionaria. Una política que desprecia el conocimiento y la técnica, que desconfía de los especialistas, que apuesta todo a su intuición y a su sensibilidad. Ayer, cuando volvió a la carga contra los números dejó claro que, a su juicio, lo esencial no es medible. En su primer-tercer informe, describió a los números como una obsesión de los tecnócratas que la Nueva Era debe superar. ¿Para qué perder el tiempo midiendo el crecimiento si ese dato no es relevante para la felicidad del alma? En la diatriba presidencial contra la medición del crecimiento, hay, por supuesto, un reproche moral. Los economistas que le toman el pulso a ese dato se fugan de la realidad. Se preocupan por montos y porcentajes porque no se conmueven con la vida. Medir no es, entonces, proveerse de un instrumento confiable para orientar la acción. Una herramienta para registrar adelantos y para identificar problemas. El presidente sostiene que medir es evadirse de lo importante. Así lo dijo ayer. "Otro elemento básico de nuestra política es hacer a un lado, poco a poco desechar la obsesión tecnocrática de medirlo todo en función del simple crecimiento económico. Nosotros consideramos que lo fundamental no es lo cuantitativo, sino la distribución equitativa del ingreso y de la riqueza." Y más adelante aseguraba el presidente que ahora hay más desarrollo y más bienestar.

Lo notable de estas líneas es que, al tiempo que desprecia la objetividad de la cifra, abraza con absoluta certeza una percepción que no tiene el mínimo sustento en la lógica ni en la evidencia. ¿Puede haber desarrollo sin crecimiento? ¿En qué se basa el presidente para asegurar que ahora "hay más desarrollo y hay más bienestar"? ¿Deben rechazarse los medidores técnicos para apreciar la distribución? ¿Será eso su "economía moral"?

Lo bueno es que el presidente nos ve muy contentos. Felices, felices, felices porque él nos gobierna. Fiel a su romanticismo, propone una nueva manera de apreciar la realidad. Si los números son reaccionarios, si las cifras son los juguetes que entretienen a los tecnócratas, dediquémonos a palpar la salud del alma. A eso se dedica el presidente, según nos los dice una y otra vez: a hacernos buenos, a hacernos felices, a purificarnos espiritualmente. Y para ello no hay que sacar la báscula.

Reforma
Ciudad de México
Jesús Silva Herzog Márquez
Lunes 2 de septiembre de 2019.

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