Feminicidio: quién le teme a la mujer

Antonio Bello Quiroz

Resulta sumamente complejo determinar qué se esconde tras los feminicidios, sin duda, en cada caso hay algún factor determinante, pero la pluralidad de motivaciones hace volver la mirada a la presencia que la mujer ha tenido en la historia de la humanidad.

Podemos encontrar que en diversos momentos se ha expresado un temor a su presencia, se le ha asociado al mal, al demonio, y con ello, por siglos, se ha querido justificar su rechazo de lo social, su sometimiento y encierro.

¿Pero qué es lo temible de la mujer? Sin duda su potencia, su arrasadora potencia sexual, por ello, en la Edad Media se les ligaba a los demonios lascivos, eran las brujas. En casi todas las culturas se asocia a las mujeres con el exceso sexual, por ejemplo en algunas mitologías se presentan como monstruos eróticos: las harpías, la Gorgona o Medusa, las Erinias.

También la mitología grecolatina nos habla de Lamia, de donde proviene el mito de la vagina dentada, quien es una asusta niños y terrible seductora. La cultura Hebrea nos habla de Lilith, esta mujer creada al mismo tiempo que Adán, sólo que fue hecha de lodo e inmundicia, en lugar de polvo puro como a él. Ella se negó a someterse sexualmente reclamando su igualdad de nacimiento, se dice, y por ello Yavhé la mando a vivir con los demonios lascivos (por lo que se le considera el espíritu del mal, el demonio con rostro de mujer) y a cambio formó a Eva.

La tradición cristiana, con su arraigada moral patriarcal, ha dividido en dos grupos: las seductoras, ligadas a la noche, quienes muestran sus artes sensuales que pierden a los hombres y por tanto son una amenaza para la vida social y, esencialmente al discurso masculino. Por otro lado se encuentran las mujeres sumisas y complacientes, para quienes el sexo sirve para el placer de sus esposos únicamente, negándose a sí mismas cualquier implicación erótica.

Durante siglos se le atribuyo a la mujer una “función natural” que les daba un “lugar normal” en lo social: la maternidad. Así la relación mujer igual a madre se presentó como una relación natural y normal. Su sexualidad estaba prácticamente de manera indefectible ligada a la maternidad. La sexualidad femenina estaba así contenida. Quienes no se sometían a ese determinismo social tenían sólo dos destinos: o monjas (donde la sexualidad era negada al quedar casadas con Dios), o prostitutas, lo que implicaba sufrir el estigma de mala mujer y por tanto la exclusión social.

Con la modernidad, y en particular con el empoderamiento de la ciencia y la tecnología como discurso que organiza lo social, fue posible realizar, a mitad del Siglo XX, un invento que permitió que la sexualidad femenina se liberada del gozne de la maternidad con el que se le contuvo por tantos años: se trata de la masificación de la anticoncepción. Con esta posibilidad científica, paulatinamente, la mujer, las mujeres se apropiaron de lo que siempre fue suyo, su sexualidad.

Este hecho ha traído consigo una importante transformación en las formas en que nos relacionamos social y sexualmente los hombres con las mujeres. Me referiré sólo a uno: a partir de este invento, la sociedad que se organizaba con un solo discurso, el masculino, ha tenido que ir aprendiendo a organizarse, regularse, con dos discursos, el masculino y el femenino.

Las dificultades que se presentan para hacer coexistir estos dos discursos, el masculino y el femenino (lo que no tiene nada que ver con las anatomías) las podemos ver en la creciente violencia doméstica o violencia contra la mujer, hasta llegar al feminicidio.

Llama profundamente la atención que en una época donde más recursos y programas se destinan a la prevención y atención de la violencia contra la mujer esta no solamente no cede sino que se incrementa ¿qué no funciona entre los sexos? Quizá lo que no opera es asumir que la mujer goza, goza de otro modo que los hombres.

Puebl@Media
Antonio Bello Quiroz
Twitter: @belloqantonio
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Miércoles 25 de noviembre de 2014.

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