La medida del poder


René Delgado

Al parecer, la alternancia va más allá de lo estimado por quienes la resistieron, así como por los usufructuarios de ella. Y, pese a que aún no arranca del todo, más de uno pregunta hasta dónde va y cuestiona cómo.

El desafío del próximo gobierno es mayúsculo. Nada fácil se ve operar cambios radicales sin vulnerar la fragilidad de las finanzas públicas ni comprometer la estabilidad económica -que, obviamente, estrechan su margen de maniobra- y, en esa circunstancia, resolver o atemperar el malestar social acumulado a partir de dar satisfacción a viejos y nuevos reclamos. Cambios aún más difíciles de ejecutar cuando, tras el sacudimiento electoral, la resaca política deja ver la endeble situación de los puentes de entendimiento.

¡Vaya momento tan singular! Tan importante y determinante para el país.

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A diferencia de las anteriores alternancias, esta no redujo el relevo a una cuestión de turno en el ejercicio del poder dentro del molde establecido. No, plantea generar una alternativa, cambiar o al menos ajustar el molde y darle otro sentido y dirección al poder en su ejercicio.

De ahí que los sectores empoderados y desempoderados por la alternancia presionen al operador designado y litiguen el futuro, disputándose incluso el pasado. Antes de verlo ocupar el asiento frente a la maquinaria, unos y otros quieren sujetarlo, asegurar que su actuación sea conforme a lo que cada uno de ellos dice y quiere..., así sean incompatibles las posturas. Y, ante la necesidad de no perder el respaldo de unos y otros, el operador voltea a ver al conjunto y jura tener en cuenta a todos.

De ahí que el operador y sus asistentes reboten en medio de contradicciones, intentando tranquilizar a los polos desde donde los tironean. El discurso se modifica o matiza según el auditorio frente al cual se pronuncia o según el vocero en uso de la palabra y, ahí, es donde el arrebato de tirios y troyanos crece.

El entusiasmo y la inquietud frente al próximo gobierno van en aumento. Y, curiosamente, en algunos capítulos sujetos a litigio se coincide en la necesidad de ajustarlos, pero se discrepa en cuanto al ritmo, los términos y el cómo.

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La compleja argamasa de grupos, sectores e intereses que, a diferencia de las otras veces, hicieron posible el triunfo electoral de Morena, ahora, se reconoce empoderada y exige satisfacer sus demandas con apego a la letra del reclamo. Dado el aporte a la posibilidad de realizarlas, piden concretarlas de inmediato e, incluso, agregan demandas que parecían descartadas o abandonadas. Las quieren ya, cuanto antes.

En el contraste, a quienes resistieron la alternancia y, luego, se resignaron ante el inminente resultado electoral, ahora, les inquieta la consecuencia política. Tal inquietud los lleva a exigir cálculo y mesura al próximo gobierno, cuando ni siquiera se lo sugerían a la actual o las anteriores administraciones, de las cuales eran socios, patrocinadores o, a veces, cómplices. Quizá por eso, ahora exageran sin reparo el efecto de algunas acciones tomadas o por tomar. Incluso, aún sin entrar en función, atribuyen al próximo gobierno actitudes autoritarias que, a su capricho, perfilan posturas neofascistas. No entienden, por ejemplo, cuanto está ocurriendo en la prensa, pero concluyen que hay actos de censura anticipados. Endosan facturas ajenas y de antemano.

En esa situación, se alargan desesperadamente los días de transición.

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La tensión prevaleciente y la sensación de un desvertebramiento quizá respondan al simple reacomodo de las fuerzas políticas y los grupos de poder que aún no acaban de encontrar asiento ni construir códigos de entendimiento, puede ser.

Lo cierto, sin embargo, es que -aun cuando la corrección política recomiende negarlo- no se puede gobernar para todos, pero tampoco se puede desconsiderar a quienes no serán los beneficiarios mayores del proyecto. Quienes dicen gobernar para todos, simulan. Y del dicho sin sustento hacen bandera no para desplegarla sino para arrebujarse en ella y navegar o gobernar según soplen los vientos.

Encontrar el punto de equilibrio entre el concepto y el diseño de un gobierno con proyecto y la instrumentación de éste sin provocar rupturas requiere de un talento extraordinario para conciliar las diferencias, instar a la colaboración, así como al sacrificio compartido y, en el corto lapso del arranque de un sexenio, dar los primeros pasos con firmeza y sin tropiezos.

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Del periodo de transición se ha recorrido ya más de la mitad de los cinco meses establecidos por el calendario. Restan cincuenta y seis días para la transmisión del poder. No es mucho tiempo.

El próximo gobierno ya dejó en claro qué no quiere continuar, pero no acaba de configurar y exponer con precisión qué sí quiere emprender, cuál es el orden de las prioridades y cómo pretende llevarlas a cabo sin vulnerar las condiciones mínimas necesarias para, aun en la sacudida y el bamboleo, garantizar la estabilidad.

Sin renunciar a la necesidad de mantener vivo el respaldo social y, en tal virtud, hacer acto de presencia en plazas y alamedas, no sobraría que el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, comenzara a recapitular planes y proyectos, considerando los recursos económicos, políticos y humanos con que cuenta y así reperfilar las posibilidades de su gobierno.

El reloj ya marca la hora y no por darle cuerda, el tiempo se prolonga.

El socavón Gerardo Ruiz
Cuando se mira el agujero en que se deja la procuración de justicia y cómo uno a uno de los exgobernadores, los funcionarios o exfuncionarios y los dirigentes presos, señalados o en fuga alcanzan penas atenuadas, consiguen facilidades o se esfuman de la vista, el socavón cobra una dimensión inconmensurable.

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Reforma
René Delgado
Ciudad de México
Domingo 7 de octubre 2018.

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