El polvorín nacional

René Delgado

La temporada obliga a marcar las diferencias, no las coincidencias. Así es la temporada. Las elecciones son para eso, pero hay un problema: el suelo donde están parados los candidatos presidenciales es un polvorín.

La moneda vuela a la altura del precio incontenible de la gasolina. La virtual suspensión de la renegociación del Tratado de Libre Comercio y la amenaza de una guerra comercial alertan de un sacudimiento económico. La deuda de los estados y la Federación llenan los barriles sin petróleo. La corrupción persiste y se tolera. El problema de las pensiones ahí está, aun cuando nadie lo mencione. Las reformas estructurales -particularmente, energética, educativa y político-electoral- exigen su revisión. La violencia criminal y política aumenta, no cesa. La inseguridad pública tiende a derivar en una crisis de seguridad nacional. El irresponsable desmantelamiento del aparato de procuración de justicia colapsa al de impartición de justicia. La ausencia de gobierno es mayúscula. La configuración de las coaliciones integradas a partir del desfiguramiento de los partidos anticipa un desastre político. Todo en medio de un malestar y crispamiento social de doble mecha corta, tentados a expresarse como sea.

Agregar a ese cuadro ingredientes de desestabilización con fuego real o de artificio es en extremo peligroso. Nunca es bueno jugar con cerillos. Menos, si se está parado sobre un polvorín.

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Prometer en tono distinto el cambio con futuro, el avance contigo o la cuarta transformación del país sin reparar en la situación interna y externa, así como en la estrechez del margen de maniobra es -dicho con suavidad- una quimera. Sólo garantizar el control o la contención de la circunstancia sería una osadía política, digna de reconocimiento. Si después de ello cabe sentar los cimientos de una propuesta distinta a la prevaleciente, mérito mayor de aquel que pudiera hacerlo.

Por lo pronto, el momento exige, sí, subrayar las diferencias, pero no convertirlas en motivo de ruptura. Exagerar las diferencias sin fincarlas en propuestas y sin mirar la circunstancia, es convocar a un juego eliminatorio. Eliminar no es sinónimo de elegir, sino de excluir, quitar, separar, matar... justo lo contrario a la política, justo el alimento del odio y el hartazgo social.

Ninguna democracia nace de la eliminación del contrario, ahí muere. Cuando ello ocurre, a la palabra "adversario" la reemplaza la de "enemigo".

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El eje de la campaña electoral aún en curso se ha caracterizado por una paradoja.

Desde su propia perspectiva, las coaliciones Por México al Frente y Todos por México -curiosa la semejanza del nombre por cuanto revela su cercanía y distancia- han coincidido en repudiar y descalificar la propuesta de la coalición Juntos Haremos Historia, sin distinguir y presentar la propia. La propuesta del frente abanderado por Ricardo Anaya se resume en la continuidad con ajustes, instrumentada por un indefinido y abstracto gobierno de coalición; la de la coalición encabezada por José Antonio Meade se sintetiza en el continuismo sin ajustes, instrumentada por el grupo tricolor empoderado que, ahora, se debilita y resquebraja.

Una segunda y absurda paradoja. Esas dos coaliciones se han enfrascado en un pleito que, en el empeño por eliminarse entre sí, ha dejado el campo libre a la liderada por Andrés Manuel López Obrador, Juntos Haremos Historia. El priismo no logra desbarrancar a Ricardo Anaya y éste no consigue caminar al ritmo que quisiera y ambos niegan haber dejado escapar a su presa. Y la Procuraduría... ¡ay! la Procuraduría.

Algo más. Anaya denuncia el supuesto pacto entre Morena y la administración, anhelando en silencio reponer el que tuvo y Meade niega rotundamente la existencia de ese pacto, suspirando que su acuerdo con la administración se sostenga. Ambos disputándose el apoyo de ¡Vicente Fox!

Ante esa disputa y en condición de impulsar la mística del triunfo inevitable y ampliar su fortaleza en el Legislativo y las gubernaturas en juego, Andrés Manuel López Obrador no repara en la generación de expectativas, superiores a la posibilidad de realizarlas si se toma en cuenta la descomposición del cuadro económico.

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Una peculiaridad más. Esta vez, la incertidumbre electoral no deriva de la competencia entre los candidatos.

Desde el arranque de la contienda y según los estudios de preferencia electoral, la ventaja favorece considerablemente a Andrés Manuel López Obrador. Los esfuerzos de Ricardo Anaya y los de José Antonio Meade en ningún momento han colocado en un apuro al puntero y sí, en cambio, a ellos mismos. La incertidumbre no deriva del desconocimiento de quién podría ganar, sino del conocimiento de quienes podrían perder.

Ahí se explica el ahínco en imbuir miedo a elegir al puntero. Surge del pavor de quienes temen no el cambio de reglas en el juego, sino quedar fuera del juego. Por eso, los llamados telefónicos atemorizantes y los videos difamatorios, hechos desde el anonimato de quienes, por el pavor a perder, ocultan su nombre.

Es una pena el repunte de esas prácticas, cuando se venían restableciendo puentes.

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Jugar a descarrilar el concurso electoral en el último tramo o a generar expectativas por arriba de la posibilidad, a sabiendas del grado de descompostura del cuadro económico, político y social en un entorno adverso, es jugar con cerillos... sobre un polvorín.

 EL SOCAVÓN GERARDO RUIZ

Quienes conocen el trazo del tren Ciudad de México-Toluca y saben del soporte construido en el kilómetro 41, detrás del Monumento al Caminero, en el cauce del río Ocoyoacac, miran con miedo la obra. ¿Tienen motivo?

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Reforma
Sobreaviso
René Delgado
Ciudad de México
Lunes 11 de junio 2018.

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