Hermosillo, la frontera de todas las tragedias

05 Abr 2011 Puebl@Media
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Yo soy culpable (Primera parte)


Ésta es la historia de Roberto Zavala Trujillo, padre de Santiago de Jesús, uno de los 49 niños que murieron en el incendio de la Guardería ABC hace más de un año en Hermosillo, Sonora.


Por Diego Enrique Osorno

El viernes 5 de junio de 2009, Roberto Zavala Trujillo y su esposa Martha Dolores Lemas Campuzano dudaban sobre la conveniencia de practicarle la circuncisión a su hijo. En Sonora lo más común es circuncidar a los niños por motivos de higiene y prevención de enfermedades. Sin embargo, Roberto no estaba del todo convencido y había pedido permiso en su trabajo para salir un momento a acompañar a su esposa a una plática que les daría sobre el tema un médico del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). Roberto había entrado a trabajar a las seis de la mañana. A las ocho se desprendió de la careta, el chaleco, los guantes y los lentes del equipo de seguridad que requiere para trabajar en el área de mantenimiento de PGG Industries, entre tanques gigantes de ácido sulfúrico y calderas que hierven y emanan vapor.

El sol todavía no calentaba en Hermosillo, a las nueve en punto, cuando Roberto estacionó su coche Chevy afuera de la casa. Su esposa y su hijo apenas se habían levantado. La idea era dejar en ese momento a Santiago en la ABC, una guardería cerca de la casa, donde tenía más de un año de estar inscrito. Pero al llegar, Roberto tomó nota de que ya habían servido el desayuno. Decidió llevarse a Santiago a que comiera algo con él, mientras su esposa entraba a la cita programada con el médico. El doctor explicaba a Martha los pros y contras de la circuncisión del bebé mientras Roberto y Santiago bebían jugo de naranja y comían pingüinos y gansitos en el coche. Al terminar la charla, los tres regresaron a casa. Roberto tenía que volver a su empleo y Martha debía entrar al suyo en un call center, donde trabajaba haciendo llamadas. Cerca del mediodía salieron y pasaron a la Guardería ABC. Roberto bajó y entregó en la puerta principal a su hijo, se despidió de él y luego volvió al coche para llevar a su esposa al trabajo.

Aunque su hora de salida era a las dos de la tarde, Roberto decidió quedarse más tiempo para estar en una de las juntas de reflexión que se hacían frecuentemente, con el fin de mejorar la productividad y el buen ambiente laboral. Poco antes de las tres de la tarde Roberto salió apresurado de la planta. Mientras caminaba a su coche distinguió en el cielo soleado de la ciudad una torre de humo.

—Mira, fíjate allá. ¿Qué se estará quemando? —dijo a un compañero.

A bordo de su coche, Roberto tuvo un presentimiento extraño y cambió su rutina. La ropa con la que salía del trabajo solía estar impregnada de olores y sustancias químicas, por lo que primero iba a su casa, se duchaba y cambiaba y luego se iba por su hijo a la Guardería ABC. Esa tarde decidió ir directo a la estancia infantil. Conforme se acercaba en el Chevy a la guardería, iba dándose cuenta de que la torre de humo salía precisamente de ahí, una zona ubicada al poniente de la ciudad. Cuando estuvo a dos kilómetros de distancia, se topó con el sonido del tráfico detenido y las calles de acceso bloqueadas por patrullas con las torretas encendidas. Desconcertado, decidió brincarse el camellón e irse en sentido contrario por una avenida que también daba a la guardería. Al llegar estacionó el Chevy cerca de una llantera vecina. Lo primero que vio fue que el humo salía de un almacén del gobierno de Sonora que compartía paredes con la guardería. Eso lo alivió. Supuso que el incendio estaba ocurriendo ahí, y que los niños estarían resguardados en alguna casa vecina.

Pero al dar vuelta para llegar a la entrada principal de la guardería se topó con una escena de caos. Una vieja camioneta pick-up estaba ensartada en la pared, con su conductor desmayado sobre el volante, rodeado por una nube de humo que salía del hoyo que el vehículo había logrado hacer en la construcción, para improvisar una salida de emergencia que nunca tuvo en funcionamiento la estancia infantil. Roberto corrió hacia el caos y agarró de los hombros a una de las maestras que estaba gritando cosas poco entendibles con la vista al cielo.

ABC
— ¿Dónde está Santiago, Santiago Zavala? —la increpó.

—Allí están unos niños, en aquella casa —respondió señalando una vivienda a 100 metros de distancia en la cual había cerca de 20 niños tirados en el suelo, llorando desesperadamente mientras eran consolados por educadoras y desconocidos. Roberto corrió hacia allá, miró con detenimiento pero no encontró a su hijo entre el grupo de pequeños rescatados.

— ¿Y dónde está Santiago? —preguntó a la siguiente maestra con la que se topó.
—No sé, no sé qué pasó.

Sin pensarlo más, Roberto entró a la guardería en la que aún había áreas incendiándose. Caminó entre el humo buscando la sala en la cual había dejado horas antes a su hijo, pero no alcanzaba a ver nada. Tras cinco minutos de desvarío salió. Se topó con la maestra que había visto al llegar. Ella estaba cada vez más desesperada.

—Oye, tranquila ¿en qué sala está Santiago Zavala?
—En el B-1.
— ¿Dónde está el B-1?
—Allá, junto al baño, al fondo.

Roberto ingresó de nueva cuenta y se metió a lo que hasta esa mañana había sido la sala B-1. El humo se hacía más denso conforme se acercaba al sitio indicado. Cuando llegó a la sala, Roberto tuvo que empezar a caminar de cuclillas, tocando con las manos el suelo con la esperanza de toparse con su hijo en medio del ambiente sofocante. Al poco tiempo el humo lo asfixió. Salió de la guardería, se quitó la camisa que llevaba y la mojó con agua de un garrafón que un vecino había llevado para las labores de auxilio. Se amarró la camisa humedecida a la boca y entró de nuevo. Para entonces, ya había más personas que también buscaban niños en la penumbra. El grupo de rescatistas, conformado lo mismo por bomberos que por cholos del barrio, se topó con un plafón, mochilas y colchonetas, pero no encontró a ningún niño. En otro de los cuartos de la guardería, una silueta con voz avisó que estaban sacando a los niños que faltaban de la última sala.

Al salir, Roberto vio con desesperación a un par de policías estatales en posición de guardia, con ametralladoras en mano.

— ¿Qué pasó aquí? —les cuestionó.
—No sé.
—Entonces ¿por qué traes enseñando esa arma?
—No, no sé qué pasó.

Sobre la banqueta de enfrente de la guardería había varios niños tendidos. Un grupo de socorristas con los cuerpos sudorosos trataban de revivirlos con respiración de boca a boca. Roberto se acercó con esperanza y temor para ver si entre ellos estaba Santiago. Ninguno era su hijo, quien ese día cumplía dos años, un mes y 10 días de nacido. Un policía le puso la mano en el hombro y le dijo que fuera al Cima, un hospital privado de las cercanías a donde habían sido llevados la mayoría de los niños lesionados. Roberto se subió de nuevo a su Chevy y comenzaron los pitidos, los acelerones, las mentadas de madre de ventana a ventana vehicular y los atajos por colonias perdidas. Pasó antes por su esposa, pero ella no estaba en su trabajo. Martha se había enterado de lo sucedido y había ido a buscar por su cuenta a Santiago.

Roberto fue uno de los primeros padres en llegar al área de urgencias del hospital Cima. El recepcionista aún no se daba cuenta de la gran tragedia que estaba ocurriendo en la ciudad y actuaba con el desdén que suelen actuar los fastidiados empleados de hospital.

— ¡Eh, eh, reacciona! Estoy buscando un niño, a Santiago de Jesús Zavala, de la Guardería ABC—gritó Roberto.
—Ah, sí mire, pásele por allá.

Otro empleado de la clínica le confirmó que las salas de terapia intensiva estaban atiborradas de niños de la guardería con quemaduras por fuego e intoxicación. Por el momento no podía dar más detalles. Al poco tiempo llegó Martha y otros padres. El director del hospital se acercó a ellos y les dijo en tono pausado que habían fallecido algunos pequeños y que otros se encontraban muy graves. A las cinco de la tarde, Roberto decidió irse a buscar a su hijo en otros hospitales. Fue al DIF, donde a las siete de la tarde le permitieron entrar a ver a un bebé que había ahí y que aún no había sido identificado. Roberto entró y vio a un pequeño envuelto en un montón de vendas que apenas dejaban que se le mirara el rostro. Preguntó el tipo de sangre y el doctor le dijo que era A positivo, lo cual descartaba que fuera Santiago, cuya sangre era O negativo. En las siguientes horas, Roberto recorrió sin suerte todos los hospitales de la ciudad. El último que le faltaba por visitar era el del ISSSTE, donde acababan de informar que había otro niño sobreviviente que hasta el momento no había sido identificado por sus familiares. Al llegar a la recepción, Roberto vio colgada una camisetita que le recordó una de las que solía ponerle a Santiago. Para agilizar el reconocimiento de los pequeños pacientes, en las entradas de los hospitales de Hermosillo, el 5 de junio se colocaron tendederos de ropa infantil con los cuales se tenía la intención de que los padres ubicaran más fácilmente a sus hijos. Tras toparse con la camisetita, Roberto albergó la esperanza de que su hijo estuviera ahí. Ésa era la última oportunidad que tenía de encontrarlo con vida.

Una vez que la enfermera lo condujo a la sala de terapia intensiva se paró delante de una cuna. Había un bebé con la piel enrojecida y un tosco aparato respirador en su diminuto rostro. Lo vio durante un minuto con los ojos ya cansados y luego dijo: “Sí, él es mi hijo”. Su hermana Jessica entró después para mirar también al bebé.

— ¿Estás seguro de que es él, Roberto?
—Sí, Jessica. Velo bien. Es él, pero pues está quemado.
Luego entró Martha.
—No es —dijo contundentemente la esposa de Roberto.
—Sí es, Martha.

Las dudas de la pareja acabaron cuando supieron el tipo de sangre del bebé. El servicio médico forense era el siguiente lugar al que debían ir. En la entrada de la morgue, un empleado con rostro serio les mostró varias fotografías de los niños que estaban ahí. En una de ellas aparecía su hijo Santiago. Tras darles el pésame, el empleado forense los llevó a una oficina donde estaban el procurador de justicia de Sonora, Abel Murrieta, y el arzobispo de Hermosillo, José Ulises Macías. El prelado le tomó la mano a Martha y empezó a hablarle de resignación. Roberto había pasado de la tristeza a la furia.

—No diga nada —pidió.
—Es que hijo...
—No, no diga nada, quédese callado, ¡cállese!
—Pero hijo, comprende que...
— ¿No entiende lo que es quedarse callado?—
El arzobispo calló por completo.
— ¿Cuántos niños van? —preguntó Roberto volteando la cara hacia el Procurador.
—No le puedo decir. Es una información confidencial.
— ¿Cómo chingados va a ser confidencial?

Después de unos minutos, ante la insistencia de Roberto, el funcionario estatal le dijo que doce.
Era medianoche y, en realidad, la cantidad de muertes era mucho mayor de las reconocidas públicamente. Las autoridades, en medio de la confusión, trataban de controlar el impacto que el incendio tendría en el cambio de gobierno estatal, previsto para un mes después.

Esa noche, Roberto y Martha no regresaron a su casa. Estaban destrozados y la mamá de Roberto los convenció de que durmieran en la de ella. Al día siguiente por la tarde, mientras el cuerpo de su hijo era llevado a una funeraria local, donde sería velado y después trasladado a un nicho de la iglesia de Fátima, Roberto decidió ir a su casa con el pretexto de acarrear algo de ropa. Al llegar al número 30 de la calle Moctezuma, en la colonia Peri sur, Roberto se quebró. Bajó del coche, abrió la cerradura del barandal y dudó seguir en dirección a la puerta principal. Cuando estuvo frente a la puerta se armó de valor y entró. Permaneció un rato con algunas cosas de Santiago: un triciclo marca Apache, un camioncito amarillo de la construcción Tonca, ropa de Batman, una sillita para comer, fotos colgadas en la pared, juguetes de la película Cars y una playerita de las Chivas del Guadalajara. La sensación de soledad era inmensa.

Al poco rato Roberto estalló. Roberto comenzó a patear objetos y a pegarle de puñetazos a las paredes. Apretaba sombras con la mano. El nacimiento de Santiago había representado un cambio radical en su vida y su muerte anunciaba otro. Tiempo después, Roberto se asustaría de la cantidad de cosas locas que pasaron por su cabeza ese sábado 6 de junio, mientras contemplaba la cuna en la que su hijo dormía antes de morir en una de las mayores tragedias en la historia reciente de México.

El lunes 8 de junio a las nueve de la mañana Roberto Zavala fue a la imponente oficina del Procurador. Abel Murrieta lo recibió inmediatamente. Algunos funcionarios tenían la orden del gobernador de Sonora, Eduardo Boers, de atender a las familias de los 49 niños muertos para tratar de aminorar el impacto inevitable de la tragedia hacia su administración, responsable del almacén donde había comenzado el incendio. Roberto le volvió a preguntar quién era el culpable del incendio. El funcionario le respondió que no lo sabía pero le pidió que le tuviera confianza, que iban a hacer las cosas bien.

— ¿Cómo chingados crees que podemos tener confianza en ti, cómo, dímelo? —respondió Roberto, tempestuoso.

El funcionario le aseguró que llegarían tres peritos independientes en las siguientes horas, para que el esclarecimiento del incendio se hiciera de forma transparente. Roberto regresó a la casa de su madre y se encerró ahí con su esposa Martha.

El miércoles 10 de junio, un pequeño grupo de auténticos dirigentes sociales, así como operadores tanto del Partido Revolucionario Institucional (PRI) como de Acción Nacional (PAN) que respectivamente pretendían manejar la tragedia con fines electorales, convocaron a una marcha de protesta. Más de una veintena de padres y familiares respondieron a la convocatoria. Roberto y Martha no. Todavía no podían salir a la calle.

Pero una posterior conferencia de prensa que dio el procurador Murrieta provocó el enojo de Roberto y lo convenció de que debía hacer algo. Murrieta anunció ante reporteros locales, nacionales e internacionales llegados para dar seguimiento al acontecimiento que, de acuerdo con la indagación de los peritos independientes, el responsable del incendio era un cooler, como se llama en Sonora a los aparatos de aire lavado. Además, el gobernador Eduardo Bours Castelo, un político de aires napoleónicos, había tenido que reconocer en una entrevista con Carmen Aristegui, que Marcia Matilde Altagracia Gómez del Campo Tonella, una de las socias de la estancia infantil subrogada del IMSS, era prima de él y de Margarita Zavala, la esposa del presidente Felipe Calderón. También aceptó que dos funcionarios de alto nivel de su administración eran accionistas de la estancia infantil siniestrada, junto con sus respectivas esposas. Luego, investigaciones de los diarios Milenio y El Universal habían demostrado que la estancia operaba pese a no cumplir con las medidas de seguridad básicas, e incluso se le había otorgado la renovación del contrato a los dueños al inicio de la administración del presidente Calderón, mediante un oficio firmado el 29 de diciembre de 2006 por el entonces director del Seguro Social, Juan Molinar Horcasitas.

Qué su puta madre. Ahora sí, vamos a la marcha”, le dijo Roberto a Martha una noche luego de ver en la televisión las noticias sobre la tragedia.

El segundo acto de protesta por el siniestro de la Guardería ABC fue el sábado 13 de junio. Cerca de 10 mil personas caminaron desde las trastocadas instalaciones de la estancia infantil hasta las puertas del Palacio de Gobierno de Sonora. Mientras marchaba en silencio por las calles de Hermosillo con una fotografía de su hijo en las manos y los hombros heridos, Roberto pensaba y pensaba sobre quién era el culpable de lo que había ocurrido en la guardería. En los medios se habían dado a conocer evidencias de negligencia por parte de los influyentes dueños de la guardería, del IMSS, del gobierno estatal que rentaba el almacén aledaño donde se inició el incendio y de Protección Civil Municipal que había otorgado el aval para que la guardería siguiera operando, pese a tener una lona inflamable que disimulaba el techo de lámina y no contar con una salida de emergencia adecuada. “Todos somos culpables de esta pinche tragedia”, se dijo Roberto.

Al llegar a la Plaza Zaragoza, algunos padres empezaron a lanzar sus reclamos. Martha exigió justicia por la muerte de Santiago y después le pasó el micrófono a Roberto, quien no tenía la intención de decir nada en público pero encaró la situación. Roberto ni siquiera sabía cómo agarrar correctamente un micrófono. Una vez que acomodó el aparato comenzó a hablar con voz baja, usando un cierto tono pedagógico.

—Entre el IMSS —arrancó—, los socios de la guardería y la persona que rentaba la bodega a Hacienda, ninguno ha aceptado su parte de culpa, pero hay un responsable que sí está aceptando la culpa y la lleva en las espaldas: ése soy yo.
— ¡Tú no lo eres, son esos corruptos los que tienen la culpa! —gritó contradiciéndolo alguien de entre la muchedumbre.
 —Sí, dicen, son esos corruptos... Pero yo soy el principal responsable, por ser una persona honrada que tiene un empleo, por tener que cumplir con un horario de trabajo, por tener la seguridad social que me dio la oportunidad, y me dio la elección de que mi hijo entrara a esa guardería donde me dijeron que contaban con todas las medidas de seguridad. Yo tengo la culpa por confiar, yo tengo la culpa por pagar mis impuestos, yo tengo la culpa por ir a votar. ¡Yo soy el responsable de la muerte de mi hijo!

Para ese momento, la Plaza Zaragoza había estallado. Los gritos a favor y en contra de lo que decía Roberto se confundían. Roberto detenía un poco su reflexión hecha con voz tranquila y subía el tono. Empezaba a gritar, temblando de coraje.

“Señor Gobernador: ¡Aquí está uno de los responsables que está buscando! ¡Venga por mí! ¡Aquí lo estoy esperando! ¡Venga por mí! ¡Estoy harto! ¡Es demasiado que se estén burlando de todos nosotros! Que nos digan que todo está bien, cuando sabemos que México es una basura. Todo en las noticias: corrupción, narcotráfico. ¡Ellos se burlan de nosotros! ¡Yo soy culpable por dejarlos!”.
ABC
Yo soy culpable (Segunda parte)

A principios de los ochenta, cuando Roberto cumplió los cuatro años de edad, su padre fue trasladado de Hermosillo a un destacamento de la Policía Federal de Caminos en Guadalajara; ahí la familia Zavala Trujillo se amplió al nacer Jessica, la única hermana que tiene Roberto. Tres años después, el padre de Roberto fue comisionado a Ciudad Guzmán, para que vigilara el camino de ésta a Guadalajara. En 1992, en medio de un ambiente de guerra por la disputa de los sicarios de los hermanos Arellano Félix con los de Joaquín El Chapo Guzmán, el padre de Roberto recibió un tiro en la espalda mientras se enfrentaba a un convoy del narco en la carretera. El padre de Roberto sobrevivió, pero perdió movilidad en las piernas. Por su acción, fue ascendido de capitán a segundo comandante.

Semanas después, la familia Zavala Trujillo regresó a Hermosillo. Su padre empezó a hacer labores de oficina en la comandancia de la Policía Federal de Caminos, mientras que la madre de Roberto ocupó de nuevo el puesto de secretaria administrativa, en el cual había conocido a su esposo.

Los constantes cambios de residencia hacían que Roberto tuviera problemas para adaptarse en las escuelas, donde sus compañeros lo veían con extrañeza por ser el nuevo. Al volver a Hermosillo, sus padres lo inscribieron en una escuela de Las Isabeles, un barrio bravo de la ciudad, donde las peleas a golpes fueron diarias durante las primeras semanas. Ya después pasaría a la Escuela Secundaria Técnica número 6, en la que la vida escolar resultó menos convulsa.

Al salir de la secundaria entró al Colegio de Bachilleres Norte, donde sólo estuvo hasta el cuarto semestre, cuando tuvo que darse de baja a causa de sus malas calificaciones. Una vez que dejó los estudios inició su vida laboral trabajando en La Macedonia, una de las pizzerías más antiguas de Hermosillo, ubicada en la colonia Granjas y famosa no sólo por sus pizzas sino también por sus raspados de hielo con jarabes dulces, tan necesarios como deliciosos en los calurosos veranos de la ciudad. En cuestión de horas aprendió a conducir una motocicleta y al día siguiente ya recorría en ella las calles, entregando pizzas y espaguetis. Aunque los accidentes viales eran comunes entre sus compañeros, él nunca tuvo ninguno.

De La Macedonia se fue a trabajar a una agencia de viajes como mensajero. Ahí se dio cuenta de lo difícil que sería la vida realizando arduos trabajos a cambio de livianos sobres de sueldos. Con el apoyo de sus padres, reanudó a los 18 años sus estudios de preparatoria, sólo que esta vez se inscribió en una escuela privada llamada Preparatoria Regional del Noroeste, donde tuvo que iniciar cursos desde el primer semestre. Un maestro de ahí notó que Roberto era un árbol torcido: tenía poca disciplina para estudiar y mucha rebeldía a la hora de las clases. Cierta mañana, el profesor abordó a Roberto.

— ¿Qué es lo que buscas?
—Es que yo no estoy de acuerdo cómo se hacen las cosas.


A esa edad, Roberto se consideraba a sí mismo como un anarquista, ya que tenía una postura siempre en contra de las reglas. Su influencia anarquista, más que política o literaria, era musical. Oía a bandas españolas como Escape, Sin Dios y Reincidentes. Roberto entró en contacto con estos grupos poco difundidos en las estaciones comerciales del país mediante una radio hermosillense: La Bemba, con la cual, años después volvería a tener un lazo especial. Después de oír las bandas anarquistas en la estación comunitaria, Roberto empezó a buscar más música de ésta en internet, a través de youtube.com y programas especiales de descarga de música.
ABC
El maestro le respondió a Roberto.

—Mira, entonces ¿tú vas en contra del sistema, verdad?
—Pues la verdad, sí.
—Entonces, ¿tú quieres cambiar las cosas, verdad?
—Sí, a mí me gustaría mucho, o sea, vivir en un país distinto.
—Pues métete al sistema. Cuando estés dentro del sistema, cámbialo; si tú estás afuera del sistema nunca vas a poder hacer ningún cambio, sólo te vas a quedar gritando; si quieres hacer algo realmente, métete al sistema, interactúa con él y cuando tengas suficientes herramientas, entonces empieza a cambiar las cosas de verdad.

La charla conmovió a Roberto. Siguió siendo rebelde, pero hacía las tareas y había conseguido un trabajo de medio tiempo en Domino's Pizza, donde empezó como repartidor y meses después llegó a ser el encargado de una sucursal ubicada en la zona Satélite de Hermosillo. En esos años, Roberto tenía el pelo a rape, usaba ropa de colores oscuros, zapatos de casquillo y dejaba que candados y cosas de metal colgaran de su cinturón. Sin embargo, no le gustaron nunca los piercings. La relación con su padre, un heroico policía federal, fue difícil por esos años, y una de las razones era precisamente el tipo de ropa que Roberto usaba. La mamá de Roberto solía decirle: “Si te vistes como la gente normal, te compro un carro”. Roberto no tuvo coche a esa edad. Su vestimenta era un código que proclamaba: “Soy un indomable”.

La persona que sí pudo cambiarlo fue Martha, una vieja amiga de la prepa con la cual se reencontró tiempo después para hacerse novios. A causa de su enamoramiento, Roberto empezó a usar de vez en cuando una que otra camisa de colores claros y dejó de llevar los zapatos de casquillo todos los días. Cuando estaba por terminar la preparatoria, Martha le dio la noticia de que estaba embarazada. Roberto le pidió que se casaran. Los papás de él acababan de mudarse de casa y habían dejado sola la otra, a donde terminaron mudándose Roberto y Martha para esperar el nacimiento de su hijo. Roberto dejó después su trabajo en Domino's, donde ganaba sólo 1 700 pesos por quincena, pese a que ya era encargado de una sucursal. Por fortuna había conseguido un mejor empleo ganando el doble de sueldo en Henkel, empresa de químicos que hacía jabones para la Ford. Roberto se encargaba de cambiar filtros, limpiar tanques y checar la presión de la línea de producción.

El 21 de octubre de 2005 nació su primer hijo, en una clínica particular. El doctor que lo recibió, cuando vio lo grande que era, bromeó: “De aquí se va mañana derechito al kínder”. Unas horas más tarde, el bebé comenzó a tener fiebre y días después falleció a causa de un paro cardiaco. Roberto y Martha prefieren no hablar mucho de Daniel Guadalupe, el nombre que le habían puesto a su primer hijo.


Al año siguiente, en 2006, Henkel, la empresa donde trabajaba Roberto, perdió su contrato con la Ford y tuvo que cerrar su planta en Hermosillo. PPG Industries, la compañía a la cual la empresa automotriz había decidido darle ese año el nuevo contrato, reclutó a Roberto. Unos días después, Martha le dio la noticia de que estaba embarazada de nueva cuenta. Con el cheque de la liquidación de Henkel, Roberto compró un seguro de gastos médicos mayores para su esposa y pagó el nacimiento de su hijo en la clínica Licona, donde un ginecólogo revisaba cada mes a su esposa y le hacían constantemente estudios y ultrasonidos de cuarta dimensión para ver cómo iba creciendo su hijo en el vientre de su madre. “Éste lo vamos a esperar como si fuera niño rico”, le anunció Roberto a su esposa.

El 26 de abril de 2007 nació Santiago de Jesús Zavala Lemas, sin ninguna complicación. Tras una noche en la clínica, Martha y el niño arribaron a la casa de la colonia Perisur, donde la pareja había colocado una cuna al lado de su cama y pintado las paredes de la habitación con colores brillantes. Pusieron juguetes, pañales y ropita en unas repisas especiales que permitían tener todo a la mano rápidamente. El nacimiento de Santiago hizo que Roberto decidiera estudiar en la Universidad de Sonora por las tardes, para tener en el futuro una mejor situación económica que ofrecerle a su hijo. Después de los primeros cinco meses en los que Santiago despertaba constantemente en las madrugadas, Roberto inició las clases. Esos días de Roberto comenzaban a las cinco de la mañana, cuando abría los ojos para alistarse e irse al trabajo. Terminando la jornada, a las dos de la tarde, se iba directo a la escuela. Acababa poco antes de que cayera la noche, cuando se reencontraba con su esposa y su hijo en casa.

Pero al poco tiempo surgieron complicaciones en las finanzas familiares. La casa en la que vivían los Zavala Trujillo era propiedad de los padres de Roberto. Ellos pagaban al banco una mensualidad, que intempestivamente ya no pudieron seguir cubriendo a causa de una enfermedad que dejó incapacitado nueve meses al papá de Roberto, para ese entonces comandante de la Policía Federal en Nayarit. Roberto acudió al banco en nombre de sus padres y arregló para cubrir el adeudo de la casa con su crédito laboral del Infonavit. A final de cuentas, el banco aceptó y cuando empezaron a aparecer los descuentos en el salario, Roberto decidió suspender sus estudios. Para mejorar la alicaída economía de la casa, Martha se empleó en un call center. Durante esos días comenzaron a buscar un lugar seguro para dejar a Santiago mientras ambos trabajaban. Primero, encargaron a su hijo con una hermana de Martha. Luego, una amiga le recomendó a Martha que inscribiera a Santiago en la ABC, que se encontraba cerca de la casa. Roberto dudó inicialmente, pero después aceptó. Le tranquilizaba saber que la estancia infantil tenía muchas recomendaciones y que además le darían en realidad poco uso, ya que Martha trabajaba sólo los fines de semana, por lo que de lunes a jueves, el niño no tendría que ir necesariamente a la guardería. Para que no perdiera su lugar a causa de inasistencia, Roberto llevaba a Santiago tres horas a la guardería, tres días a la semana. El viernes era el único día en que Santiago pasaba el día completo en la estancia infantil, donde había otros 200 niños inscritos.

Por la tarde, al salir del trabajo, Roberto recogía a Santiago y como no estaba su mamá en casa, solían pasar toda la tarde juntos. Si se quedaban en casa, Roberto le ponía canciones como “Basket Case”, del grupo Green Day, o alguna otra de The Offspring. En el menú de actividades posibles estaba también ver el canal Discovery Kids. Cuando salían, su lugar favorito era el zoológico de la ciudad. La primera vez que fueron, ni los leones ni los monos ni las jirafas cautivaron tanto a Santiago como los cuervos. En cuanto llegaron a la jaula en la que estaban, Santiago empezó agitarse y a hacer señales para que su padre mirara las aves con la misma emoción que él. Roberto le dijo esa noche a su esposa Martha, que era posible que Santiago se tratara en realidad del pequeño Demian, amigo de los cuervos.

La convivencia con Santiago había cambiado radicalmente a Roberto, quien antes de que naciera, no era raro que se agarrara a golpes por cualquier pretexto. Santiago hizo nacer en Roberto un sentido de protección desconocido. Roberto empezó a tratar de meterse en menos problemas, no discutir de coche a coche e incluso, se puso a leer con sumo detalle las indicaciones de seguridad de los productos que tenía que manejar en su trabajo en PPG Industries.

Después de aquella marcha en la que Roberto se culpabilizó a sí mismo, los padres comenzaron a hablar de la necesidad de organizarse para impedir que la muerte de sus hijos permaneciera impune. La Emiliana de Zubeldía, una plaza pública que huele a hot dogs y está frente a la zona universitaria, se convirtió en el sitio donde familiares de los niños fallecidos y espontáneos ciudadanos construyeron un altar en honor de las pequeñas víctimas. Tras varios días de discusiones, en las cuales llegaron a participar hasta 40 parejas de padres, nació ahí el Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de Junio. No todos los padres se incorporaron a él. Cuatro parejas decidieron tratar de olvidarse por completo de lo sucedido y encomendaron a Dios el destino de las investigaciones y la impartición de justicia. Otros pocos prefirieron establecer una negociación económica con las autoridades a cambio de no protestar.
ABC

Cada día 5 de mes, los padres del movimiento emprenden algún tipo de acción de protesta. Lo mismo marchas que mítines, o bien juicios ciudadanos en contra de los dueños de la guardería o de los funcionarios involucrados. Por lo común, sus manifestaciones tienen un aire como de peregrinación espiritual.

Son silenciosas y al frente van mamás y familiares con las carriolas vacías de sus hijos fallecidos, para dar pie después a un contingente de familiares que llevan fotos de los niños de la guardería como si llevaran jirones de luz en las manos. Se usan tambores que marcan el ritmo de la caminata de una multitud bañada en sudor, y en ocasiones se oye por un celular la voz grabada de alguno de los bebés de la guardería. Canciones de cuna como “Pin pon es un muñeco” son entonadas repentinamente como un canto de protesta.

Roberto Zavala, al igual que otros padres, modificó su manera de ver las cosas en el país tras la muerte de su hijo. Cuando Roberto veía en las noticias que había una protesta en Oaxaca o en el Distrito Federal, le decía a su esposa: “Ay, pinche gente, cómo la hace de pedo; así estamos en México, no se puede arreglar nada así vamos a seguir siempre de jodidos”. Nunca imaginó que estaría delante de hasta 20 mil personas pronunciando un discurso de protesta. La muerte de Santiago le quitó cualquier tipo de pena a hacer el ridículo o de miedo a alguna represalia. Tras varios meses de compañerismo y lucha al lado de los otros padres del Movimiento por la Justicia, empezó a tener nuevos sueños y algo de esperanza. Uno de ellos es que, luego de conseguir que vayan a la cárcel todos los responsables de la muerte de sus hijos y se modifique el sistema actual de guarderías nacionales, el Movimiento siga vigente ayudando a otras personas cuyos derechos también hayan sido atropellados.

Roberto anhela que dentro de 50 años siga existiendo el Movimiento Ciudadano por la Justicia 5 de Junio, con gente completamente nueva, jóvenes que ni siquiera hayan nacido cuando ocurrió la tragedia de la Guardería ABC.

Gatopardo
Bogotá/ México
(Junio 2010).
Miércoles 06 de Abril de 2011.

 

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