Masha Gessen, fotografiada en el festival del libro de Edimburgo en el 2014 (Lorenzo Dalberto / Alamy). Masha Gessen, fotografiada en el festival del libro de Edimburgo en el 2014 (Lorenzo Dalberto / Alamy).


Masha Gessen, periodista, publica ‘El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo’

El suave tono de voz de Masha Gessen (Moscú, 1967) transmite tranquilidad, lo que hace que sus afirmaciones cobren mucha más fuerza una vez transcritas. Es una de las grandes periodistas que están explicando lo que pasa en Rusia, con profundidad analítica y voluntad de estilo. Firma habitual de The New Yorker o The New York Times, su nuevo libro, El futuro es historia (Turner), ganador del National Book Award de EE.UU, analiza la transformación de Rusia desde los ochenta hasta hoy –una involución hacia el autoritarismo interno y los enfrentamientos armados en el exterior– a través de las historias reales de cuatro personas anónimas nacidas en los años ochenta, así como de una psicoanalista, un sociólogo y un filósofo. Hoy habla en el CCCB (18.30 h) con motivo del día Orwell.

Alterna la vida cotidiana de siete personajes con la narración de la historia en mayúsculas, dos líneas que se imbrican...

Quería romper la tradición periodística. Normalmente el narrador está a una distancia media del protagonista. Yo uso, en cambio, una distancia novelística: o estoy dentro de él o bien totalmente fuera, observando toda la escena al completo.

Svetlana Alexiévich habla también del homo sovieticus...

Eso es un problema de su traducción al español, ella tituló ese libro El tiempo de segunda mano y habla del “hombre rojo”. Pero ambas coincidimos en fijarnos en la persona que creó el régimen totalitario.

¿Qué tiene que ver el psicoanálisis con la caída de la URSS?

No sólo el psicoanálisis. En general, los investigadores sociales soviéticos no tenían herramientas conceptuales para explicarse su país. Hablo de toda la psicología, la sociología y otras ciencias. En la URSS no había un lenguaje para describir lo que ocurría. Los rusos eran la fuente menos fiable sobre la vida rusa.

A menudo la gente que ha vivido en países soviéticos dice que han crecido en una ingenuidad que no les ha sido nada útil para adaptarse al capitalismo...

No sé a qué ingenuidad se refiere...

Algunos dicen que les falta el espíritu de competitividad, es algo para lo que no les habían preparado, y que entonces los más salvajes se apoderan de todo.

Un poeta ha dicho: “Rusia ha construido el capitalismo tal y como fue retratado en la propaganda soviética”. ¡Es cierto! Es una jungla, totalmente antihumano, han creado el peor capitalismo del mundo. El capitalismo occidental no es tan brutal, lo más salvaje es su versión rusa, una caricatura. Ningún tipo de seres humanos puede estar bien adaptado para vivir bajo las condiciones del sistema ruso.

¿Hizo algún casting para escoger a sus protagonistas?

Quería dos hombres y dos mujeres que tuvieran memoria personal del golpe contra Gorbachov de 1991. Y que sus vidas hubieran cambiado drásticamente a raíz del crack del 2012, con la nueva elección de Putin, que sus vidas hubieran quedado rotas. Tenían que estar dispuestos a hablar conmigo muchas horas, porque iba a describir su mente, debían aceptar que les acompañara mientras miran la tele, tolerar ese tipo de invasión y responder cierto tipo de preguntas. Uno tenía que ser homosexual, para plantear el tema de la campaña anti-gay. Dos personas lo dejaron y los tuve que sustituir. Quería diferentes clases sociales...

¿Durante cuánto tiempo los entrevistó?

Aproximadamente un año. Viajé a Moscú, los veía una hora al día.

Usted vive en Nueva York. ¿Puede moverse y trabajar por Rusia sin obstáculos?

Lo siento, no puedo responderle esa pregunta.

¿Cómo son sus personajes?

El libro no trata de su personalidad sino de sus circunstancias. Seriocha venía de una situación de extremo privilegio y analizo la glasnost de Gorbachov a través de su abuelo, que fue la fuerza intelectual de la perestroika. Liosha es un académico brillante que tuvo que huir para salvar su vida y acabó en Brooklyn. Masha es la más interesante, la más soviética, increíblemente inteligente, con una habilidad misteriosa para saber hacia dónde va el mundo y con la necesidad de estar en la cresta de la ola. Y Zhanna tiene una relación interesante con el poder.

Usted es una de las primeras personas que lucharon por los derechos de los homosexuales en Rusia. Tras leerle, su país no parece un buen lugar para ser gay.

Seguramente, el peor de Europa.

¿Cuántos presos políticos hay en Rusia?

No se puede saber. Técnicamente, según las organizaciones de derechos humanos, hay unos 70. Pero los encerrados por traición, espionaje, o los empresarios encarcelados por negarse a entregar su empresa a un oligarca, no cuentan como presos políticos y para mí lo son.

Lo que explica de los Juegos Olímpicos de invierno de Sochi usados como propaganda ¿es aplicable al Mundial de Rusia que empieza en pocos días?

Totalmente. Lo chocante es que no parece que Putin vaya a tener ningún coste político por su autoritarismo. Rusia ha empeorado tanto en los últimos años, se ha convertido en un Estado delincuente... y sin embargo miran hacia otro lado.

¿Es verdad eso de las injerencias rusas en la política española y el procés catalán?

No he tratado ese tema. Tengo la impresión de que esas injerencias son posibles. Rusia no es un país particularmente sofisticado, en ­Estados Unidos se han metido de manera chapucera. Si Rusia tiene éxito socavando la credibilidad de un proceso electoral, eso indica que aquella democracia era muy inestable, y eso no es responsabilidad de Rusia.

¿Ve paralelismos entre Trump y Putin?

Son muy distintos. Pero comparten ciertas ideas, una comprensión de lo que es el poder, que implica dominación total. La democracia les da miedo porque es desordenada. Piensan que el lenguaje es un instrumento de dominación, no de comunicación. Ambos gobiernan con la gestualidad, no pensando en procesos, son maestros del gran gesto, aunque sea descontrolado.

Aunque es descriptiva ¿no cree que hay un pesimismo latente en todo su libro?

Sí. Se supone que le tiene que dejar un sabor agrio en la boca. El lector debe quedar devastado.

La Vanguardia
Por Xavi Ayén
Barcelona, España
Miércoles 06/06/2018.

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