Frontera: la belleza, la alegría y el horror simultáneos de vivir aquí y amar este lugar Featured

Francisco Cantú publicó sus memorias sobre la época en la que fue agente fronterizo y detonó así un debate sobre quién es recompensado por contar historias de vida sobre la frontera. Credit Conor E. Ralph para The New York Times Francisco Cantú publicó sus memorias sobre la época en la que fue agente fronterizo y detonó así un debate sobre quién es recompensado por contar historias de vida sobre la frontera. Credit Conor E. Ralph para The New York Times


Otra disputa fronteriza: qué voces merecen contar las historias de la migración…

Tucson. - El escritor Francisco Cantú, quien pasó años como agente de la Patrulla Fronteriza, se preparó para la furia de las personalidades que se oponen a la inmigración y a la de sus antiguos colegas cuando publicó unas memorias cautivadoras este año, que profundizan en el frecuente abuso por parte de las autoridades contra los inmigrantes en las tierras fronterizas del suroeste de Estados Unidos.

Sin embargo, cuando esas reacciones se calmaron, se desató una ola de críticas para las que Cantú no estaba preparado, provenientes del otro extremo del espectro político, incluyendo a artistas y escritores sin documentos de todo Estados Unidos que perciben a la Patrulla Fronteriza como una fuerza paramilitar que incita el miedo y destruye familias.

Algunos han llamado a Cantú, de 32 años, un mexicoestadounidense de tercera generación, “nazi” y “traidor” por haberse unido a la Patrulla Fronteriza. Otros se aparecieron en presentaciones de su libro en California y Texas y silenciaron los eventos con gritos de “Vendido” dirigidos hacia él. Algunos críticos sugirieron boicotear el libro de Cantú, The Line Becomes a River, calificándolo como un traidor que saca provecho de la sangre derramada por otros.

“No veo por qué Cantú deba ser absuelto y halagado por decir que atestiguó una tragedia que él ayudó a mantener”, dijo Jesús Valles, de 31 años, un dramaturgo y maestro en un bachillerato público en Austin, Texas, quien fue uno de los manifestantes cuando Cantú viajó recientemente a ese estado para asistir a firmas de libros.

“Es difícil siquiera explicar el miedo que la Patrulla Fronteriza provoca en gente como yo”, añadió Valles, quien fue llevado ilegalmente a Texas de niño y, muchos años después, obtuvo la autorización legal para quedarse en Estados Unidos. “Es el terror de ser cazado como animal, de ver cómo deportan a tus hermanos. Y Cantú obtiene un buen acuerdo editorial después de haber sido uno de los tipos con las armas”.

La creciente tensión acerca de Cantú y su libro está provocando un vigoroso debate sobre quién se beneficia de contar las historias de la vida a lo largo de la frontera, y destaca las peleas entre los latinos nacidos en Estados Unidos y aquellos que fueron llevados ilegalmente a ese país cuando eran niños al tiempo que el polarizante muro fronterizo del presidente Trump comienza a tomar forma en el desierto de Chihuahua.

En un giro a las disputas sobre su libro, Cantú ha tomado a algunos de sus críticos más estridentes por sorpresa al agradecerles y ponerse de su lado. En sus presentaciones públicas, ha solicitado que se permita a los manifestantes hablar con sorna respecto de él y su libro. Además, en una entrevista en Tucson, donde vive, Cantú dijo que estaba de acuerdo con algunas de las acusaciones en su contra.

“Mi objetivo era describir a la Patrulla Fronteriza desde dentro, no justificarla de algún modo”, dijo Cantú mientras comíamos en El Chivo de Oro, una gastroneta que se especializa en platillos como tacos de cabeza y birria.

Su libro relata incidentes de agentes de la Patrulla Fronteriza —con Cantú entre ellos, aunque por lo general, afirma, él solo miraba— partiendo las botellas de agua de las que dependen los migrantes para sobrevivir, decorando cactus con ropa interior de mujer y prendiendo fuego a choyas bajo el cielo nocturno.

“Te encuentras con gente completamente aterrada por tu presencia debido a que eres quien hace cumplir la ley”, dijo, mientras reflexionaba sobre la experiencia de encontrar a hombres y mujeres perdidos, deshidratados, tambaleantes a través de matorrales de mezquite.

Cantú pasó de patrullar el campo a recolectar inteligencia, sufriendo por lo que implicaba ser bueno en ese trabajo. En el libro cita el lenguaje deshumanizante que sus colegas usaban para describir a los inmigrantes, como cuando un superior dividió a quienes cruzaban la frontera en “escoria” y “simples mojados”.

Al reflexionar sobre su exposición a la cultura de la Patrulla Fronteriza, Cantú enfatizó que destruir contenedores de agua fue algo que él nunca hizo. Mencionó que sentía que no había una forma eficaz de denunciar el lenguaje racista que sigue siendo común en esa institución, aunque sí lo hacía en conversaciones más íntimas con agentes con quienes tenía una relación cercana o que eran sus subordinados.

“Sentía que mis acciones individuales quedaban eclipsadas por la abrasiva maquinaria del sistema y la cultura de la que fui parte”, dijo.

Cantú no está de ninguna manera solo en su batalla con tales dilemas en la Patrulla Fronteriza: más de la mitad de sus agentes hoy en día son latinos, pues la agencia ha surgido como una fuente de oportunidades económicas en las empobrecidas extensiones del suroeste.

Algunos agentes crecieron en ambos lados de la frontera, aún tienen familiares en México o sostienen relaciones amorosas que de alguna manera ignoran la difusa línea trazada a lo largo del río Bravo. Muchos de los reclutas compañeros de Cantú eran veteranos de las guerras en Afganistán e Irak, lo que refleja la creciente militarización de las tierras fronterizas.

En entrevista, Cantú dijo que escribir un relato sobre un latino que cazaba a otros latinos para ganarse la vida no era lo que tenía en mente cuando se unió a la Patrulla Fronteriza a los 23 años, tras graduarse de la American University. Dijo que se había imaginado que pasaría ahí unos cuantos años para adquirir experiencias de primera mano antes de ir a la escuela de leyes o al servicio exterior, con la esperanza de especializarse en asuntos de inmigración.

Javier Zamora, de 28 años, un poeta que emigró de manera ilegal desde El Salvador a los 9 años, dijo que comprendía de dónde venían algunas de las críticas contra Cantú, en especial aquellas que señalan que la perspectiva de Cantú, un ciudadano estadounidense, se alza en contra de la de millones de latinos en riesgo de ser deportados.

“El libro se parece a los escritos de veteranos y el dilema que implica: ¿preferirías leer un libro escrito por un iraquí o algo de un veterano estadounidense de la guerra contra Irak?”, preguntó Zamora, autor del aclamado poemario de 2017 Unaccompanied. “Yo elijo al escritor iraquí”.

De cualquier manera, Zamora, quien vive en California y está en riesgo de ser obligado a dejar Estados Unidos después de que el gobierno de Trump revocó las políticas que habían permitido a cerca de 200.000 salvadoreños vivir en ese país, dijo que apreció gran parte del libro de Cantú, en particular los pasajes donde escribe sobre la carga mental de su trabajo, describiendo que por las noches tenía pesadillas y rechinaba los dientes.

“Ese espacio interno de la mente que él describe es lo que considero valioso”, dijo Zamora. “Me parece difícil leer algo que no sea ficción sobre la frontera por todos los traumas que vienen a mi memoria, pero este libro no es así. Muestra cómo la frontera no es de ninguna manera algo blanco y negro, sino más bien extremadamente gris”.

Sin embargo, otros escritores, incluyendo algunos que han pasado gran parte de su vida con miedo a los agentes de migración, son menos generosos en su evaluación de Cantú y su libro.

“Cantú es un hombre que pasa por blanco y que nunca ha estado sin documentos”, dijo Sonia Guiñansaca, de 29 años, una poeta que llevaron a Nueva York cuando tenía 5 años desde Ecuador para reunirse con sus padres. Pasó más de dos décadas como no autorizada en Estados Unidos, antes de obtener los documentos que le permiten quedarse en el país.

“Me entristece que él se esté beneficiando de nuestras historias mientras yo tengo un directorio lleno de estupendos escritores y artistas migrantes que nunca tienen una oportunidad así”, dijo Guiñansaca, quien no obstante añadió que algunas partes del libro estaban “bellamente escritas para lo que son”.

Cantú, quien tiene ascendencia tanto latina como estadounidense, dijo que agradece esas críticas. Señaló que parte de los textos más atractivos sobre la frontera están escritos por poetas, y citó a Vanessa Angélica Villareal, del valle cercano al río Bravo en Texas, y a Sara Uribe, quien vive en el norte de México.

Una importante influencia para Cantú fue su propia madre, una ex guardabosques de las montañas de Guadalupe, cerca de El Paso. Trató de disuadirlo de unirse a la Patrulla Fronteriza, y cuando eso no funcionó, lo cuestionó sobre la crueldad de los agentes que permiten que mueran migrantes en el desierto.

“Le preocupaba el bienestar de mi alma”, dijo Cantú.

Valles, el dramaturgo de Texas que protestó en contra de Cantú, dijo que sería demasiado fácil disculpar al autor aduciendo una ingenuidad juvenil o el hecho de que no escuchó a su madre.

“La gente va a leer este libro y quizá llore mientras lo hace”, continuó Valles. “Y, al leerlo, sentirán como si hubieran ayudado a alguien, pero van a cerrar el libro y seguirán adelante. Nosotros no podemos cerrar el libro y olvidarnos de la pesadilla en la que se ha convertido la frontera. No podemos cerrar el libro ante nuestra vida”.

Cantú no estaría en desacuerdo con ese argumento.

Terminó, dijo, por darse cuenta de que su creencia de poder ser una fuerza para el bien dentro de la agencia era algo ingenuo, abrumado como todos por la complejidad de las políticas migratorias a lo largo de la frontera. Decidió que escribir le permitiría presentar “la belleza, la alegría y el horror simultáneos de vivir aquí y amar este lugar”.

The New York Times
Simon Romero
Tucson, Arizona, EU.
Miércoles  22 de mayo de 2018.

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