El cine es forzosamente una creación colectiva: González Iñárritu

19 Oct 2014 Puebl@Media
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El director mexicano Alejandro González Iñárritu, nominado al Oscar por “Biutiful”, de reciente estreno, dice que el cine se divide en dos: “el Mainstream y el bueno”.
 

Dicen que es un tipo difícil, que tiene un ego complicado. Dicen que es parco y que sus entrevistas antes de los estrenos no duran más de 15 minutos, aunque celebridades como Woody Allen acostumbren a recibir media hora. Para cuando usted lea esta nota, quizás Alejandro González Iñárritu no quepa en sus pantalones.

 
Eso si llegara a ganarse el Oscar a la mejor película extranjera por su flamante Biutiful , la misma que lo trajo a la Argentina y en la que está Javier Bardem interpretando a Uxbal, un explotador de chinos y senegaleses con buen corazón. Tal vez no, tal vez asuma con mesura la victoria después de ver cómo se le esfumaron dos estatuillas; primero e inmerecidamente con Amores perros y, más tarde y previsiblemente, con Babel . O, tal vez, ni siquiera gane. Algunos días antes, en Buenos Aires, la espera para encontrarlo se hace larga, cuatro veces más larga que la entrevista. El personaje, sin embargo, se entrega sin divismos a la conversación y a las arbitrarias asociaciones del cronista mientras los minutos pasan. 
 
Habla en una habitación de un hotel cinco estrellas en Puerto Madero, un escenario opuesto a las zonas de contraste y de frontera adonde elige contar sus historias, en México, Barcelona o Marruecos. Está cansado, pero cómodo. Esta es su vida. Salvo cuando trabaja y filma películas. “La incomodidad es el motor principal de mi creación. Me gusta el desafío de entender, de no estar en un territorio que conozco”, asegura. Después de la jugada arriesgada de Amores perros, que le permitió pegar el salto a Los Ángeles, filmó 21 gramos con Sean Penn, lidió con los sindicatos norteamericanos y viajó a Marruecos y Japón para hacer realidad Babel . 
 
En Estados Unidos, donde ahora vive Iñárritu, se filman más de 1.000 películas por año. En México, apenas 80. Para este busca, que tuvo una infancia de trabajo cuando su padre banquero quebró, no existen mayores diferencias. “Esa mezcla de acentos, de entender ciertas formas de trabajo distintas, es siempre igual. Cuando filmo, estoy en mi país. Impongo mis formas de trabajo y al final los rodajes acaban siendo bien parecidos. La comunidad del cine en el mundo es la misma. Somos el mismo grupo de locos que hablamos el mismo idioma”, dice. 
 
Para Iñárritu, una industrialización del cine latinoamericano no decantaría necesariamente en más y mejores películas, como muchos aquí sostienen. “En Europa y en América Latina hay una muy mala imitación del proyecto industrial, una imitación de fondo y forma. En nombre del entretenimiento se han cometido grandes atrocidades”, dispara como si hablara de religión, de política. Asegura que se tiene que hacer cine cuando se tiene algo que decir. “Cuando se hace cine como industria es como hacer espuma”, insiste como si fuera un eslogan, como el de Nike en la campaña “Escribe tu futuro”, que él mismo filmó. 
 
El cine, se dice, es forzosamente una creación colectiva. Pero para González Iñárritu, las grandes películas son por lo general esfuerzos individuales. “No provienen de una planeación estratégica industrial. El cine es mucho más complejo y caprichoso que eso. Es el esfuerzo de una visión, de uno o dos talentos que levantan una película”, señala. Uno o dos talentos, como el propio y el de su ex guionista Guillermo Arriaga, al que él reduce a la condición de “colaborador”. 
 
Luego de su divorcio creativo y tras sus primeros filmes por separado (Arriaga estrenó Camino a la redención en 2009) los dos parecen extrañarse, Arriaga, el vértigo visual de Iñárritu; y éste, las complejas tramas del primero. “Me sorprende que se siga hablando de un evento tan natural como encontrar otro colaborador. Guillermo es un guionista estupendo y fue un colaborador importante en las tres películas anteriores”, señala, aunque calla cuando se le sugiere que los dos continuaron con historias de muerte. Esta vez, para el guión, contó con la ayuda de dos argentinos Armando Bo y Nicolás Giacobone. Además, Gustavo Santaolalla le puso música y Maricel Álvarez le puso el cuerpo a uno de los personajes.
 
Se anima a la futurología cuando imagina un cine en Internet, de calidad, como el que hoy se hace para televisión. “Estoy a favor de Internet y estoy en contra de que se piratee y sea gratis y en nombre de la ‘la libertad de expresión’; no tiene nada que ver con libertad de expresión”, se ofusca.
 
Para este ex publicista es injusto pensar que el cine independiente o “de autor” es moralmente superior al comercial. “La intención o el espíritu no garantizan nada. Las buenas intenciones no hacen buenas películas”, advierte. Para él, sólo existen dos clases de cine: el mainstream y el bueno. Las películas de puro entretenimiento pasajero y aquellas que te retan, te confrontan, te ponen en situaciones límites e inestables, te contradicen, te irritan, te hieren. “Son viajes que no son necesariamente cómodos ni entretenidos”, dice antes de subrayar que mantener la atención del auditorio es una obligación moral de un narrador de historias. “Una película debe ofrecer más que entretenimiento, es el perfume, la memoria de las emociones que te quedan por años. Puede ser producido en Hollywood o en la India. Hacer eso es muy difícil. Hacer una buena película es casi un milagro”, sentencia. El lleva un par.
 
Por Guido Carelli Lynch
Revista Ñ
El Clarín
Buenos Aires, Argentina 
Jueves 03 de marzo de 2011.
 
 
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