Crítica y soberbia moral


Jesús Silva-Herzog Márquez


Aprecio que Andrés Manuel López Obrador haya ofrecido disculpas por los comentarios que hizo recientemente. Es un gesto poco frecuente y, en lo que me toca, lo agradezco. Al mismo tiempo, confieso que me parece un tanto desconcertante porque no siento que me haya ofendido por la calificación de mis ideas ni por el juicio que emitió sobre mis posiciones públicas o mi condición fifí. No encuentro en ninguna de esas lanzas, razón para la ofensa. El desacuerdo no es intolerancia. No es intolerante repudiar las aberrantes expresiones racistas y misóginas del presidente del PRI. El vocabulario trumpiano de Enrique Ochoa es inaceptable y es rasgo de salud que haya despertado una condena generalizada. Tampoco creo que haga daño el aderezo de la burla. La polémica es rasposa y bien nos caería aceptar pimienta en las controversias. Debo agregar que, en el México de la barbarie, es una frivolidad decir que la crítica a un crítico ponga en peligro la libertad. Lo que amenaza la libertad de expresión en México son las balas, no los tuits.

La reacción de López Obrador es otra cosa: el autorretrato de un caudillo que imagina en toda discrepancia una conspiración; una buena muestra de su convicción de que el cuestionamiento anida en la perversión moral de esos críticos que están al servicio de la mafia del poder. Solamente secuaces de los mafiosos podrían dudar de su proyecto. López Obrador sigue convencido de ser la encarnación del bien. En eso no parece haber cambiado. Si los relojes han de ajustar sus manecillas con el reloj de Greenwich, nuestra brújula moral ha de sintonizar con el proverbial dedito de López Obrador. En su juicio está la fuente del bien y ahí radica igualmente la condena. Vale decir que es un dedo caprichoso. Lejos de ser un fierro en la piedra, su juicio moral se acomoda al viento. Hace unos meses, Andrés Manuel López Obrador describía al Partido Encuentro Social como un órgano al servicio del régimen. Advertía que era moralmente inaceptable una alianza con ese partido. Lo decía enfáticamente: "Por congruencia, es mi punto de vista, no podemos marchar junto con esos partidos, me refiero, para ser preciso al PRI, PAN, PRD, Verde, Movimiento Ciudadano, Encuentro Social y Nueva Alianza". Encuentro Social formaba parte de la mafia. Remataba así: "el fin no justifica los medios. No es ganar a toda costa, sin escrúpulos morales de ninguna índole. Vamos a triunfar en 2018 anclados en nuestros principios. Sin caer en la promiscuidad política".

Se conoce el desenlace. Poco tiempo después, López Obrador abrazaba al PES para constituir una alianza que describió como un "acuerdo espiritual". ¿Es una insolencia hablar del oportunismo de un candidato que vira de este modo? ¿Es una crítica infundada? La decisión, por supuesto, podría defenderse en términos estratégicos pero habría que hacerse cargo de los costos. Pedro Salmerón ha ofrecido paralelos históricos en defensa del acuerdo. Gibrán Ramírez Reyes ha evocado a Maquiavelo para justificar una alianza que reconoce pragmática. Ninguno de ellos se atrevería a decir que se trata de un pacto espiritual para el bienestar del alma, como declaró el candidato de Morena. Ahí está el núcleo de mi cuestionamiento. Desde su soberbia moral, López Obrador no puede reconocer las implicaciones políticas y éticas de su decisión. No se puede entrar al mercado aferrándose al púlpito. Quien ha ungido a Cuauhtémoc Blanco no puede pretender ser nuestro Mahatma Gandhi. No se puede pactar con los extremos del antiliberalismo en México y seguir diciendo que uno es un liberal puro e intransigente. No se puede promover inocentemente a los enemigos del Estado laico.

Habrá siempre una controversia sobre el sentido y pertinencia del liberalismo. Tal vez sea más claro el cuerpo de su contrario. Antiliberales son quienes rechazan la diversidad ética, convencidos de que la propia es la única perspectiva moral del mundo. Antiliberales son los enemigos del Estado laico y los admiradores del totalitarismo. Antiliberales son los dogmáticos que creen haber desentrañado el libreto de la historia y la mecánica de la sociedad. Antiliberales son quienes creen escuchar y trasmitir la Voz Irrefutable, sea la de un dios, una clase o el Pueblo. Antiliberales son quienes creen que los derechos dependen de los votos. Antiliberal, quien cree que la discrepancia es un vicio moral.

http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/

Reforma
Jesús Silva-Herzog Márquez
Ciudad de México
Lunes 12 de febrero de 2018.

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