AMLO 'mainstream'


Jorge Volpi

Demagogo, populista, chavista. Demonio autoritario. Senil y orate. Sus adversarios lo han pintado con los rasgos más siniestros. Enrique Krauze lo llamó Mesías Tropical. Con menos ingenio, otros lo han comparado con dictadores y caudillos, en un espectro que va -si el doble parentesco admite alguna lógica- de Nicolás Maduro a Donald Trump. Algunos más no se atreven a nombrarlo y, como si fuera un ser maligno, acuden a expresiones ambiguas para no pronunciar sus siglas. Pocos personajes más retratados, calificados, vituperados e insultados como López Obrador. Y pocos tan mal dibujados.

La equivocación consiste en presentarlo como si estuviese hecho de piedra; como si las vicisitudes de todos estos años no lo hubiesen alterado; como si fuese el mismo que presidió el PRI de Tabasco, el mismo que contendió por el gobierno de su estado, el mismo que peregrinó a la capital, el mismo que luego gobernó la capital, el mismo que disputó la Presidencia en 2006, el mismo que mandó al diablo a las instituciones, el mismo que se reinventó en 2012 y estuvo cerca de ganar de nuevo, el mismo que desde entonces ha recorrido de un confín a otro la República. Como si nada hubiese aprendido, como si su terquedad -para bien o para mal, uno de sus rasgos determinantes- fuese su único rostro.

Sería más sencillo creerlo así: que nadie cambia, que uno siempre seguirá siendo quien es. Quizás en lo íntimo sea cierto. No ocurre así, en cambio, en política, el terreno de la simulación y del engaño. Las mil aventuras y desventuras en la carrera de López Obrador quizás no hayan variado el meollo de su carácter -obcecado, imperioso, intolerante, vocinglero, astuto- pero sí su acción pública. De otro modo no hubiera sobrevivido y no estaría tan cerca -casi tan cerca como en 2006- de ganar la Presidencia.

La experiencia -ese aprendizaje modelado a golpes- le sirve ahora casi tanto como su intuición. Imposible saber si ha cambiado en verdad, pero eso importa poco: lo relevante son sus nuevos guiños, sus gestos, sus conductas e incluso sus ocurrencias. Si en 2012 su "república amorosa" fue motivo de escarnio, ahora ha pulido su discurso: una extraña mezcla de rabia y comprensión, de tolerancia e intolerancia, de prehistoria y de futuro. Podrá decirse lo que sea, pero el AMLO de 2018 no es el mismo del 2006 ni del 2012. Habrá quien afirme que la conversión es falsa o cosmética: puede ser, pero en campaña todo es falso o cosmético, del don de lenguas de Anaya a la "ejemplar trayectoria como funcionario" de Meade: historias que vender a los electores.

Sólo que la de López Obrador es, por ahora, la más exitosa. Si por un lado mantiene la misma narrativa de siempre -su batalla contra la "mafia en el poder"-, por el otro ha vuelto a pactar, como cuando fue jefe de Gobierno del DF, con sus representantes. Quienes se empeñan en verlo como outsider encuentran las salidas de tono, las ocurrencias y las barbaridades de antes; quienes por el contrario quieren cerciorarse de que gobernará sin romper con los poderes fácticos pueden dirigir la mirada hacia su gabinete o los empresarios y políticos de centro y derecha que ahora lo apoyan.

Mientras Anaya y Meade buscan desesperadamente qué novela contar de sí mismos -ante su imposibilidad de escapar de los atropellos cometidos en 18 años por sus partidos-, AMLO ha encontrado el tono para conjuntar sus rabietas y sus pactos, sus alaridos y sus concesiones, sus obsesiones y sus veleidades. Y todo ello anclado en sólo dos temas, corrupción e inequidad, pero dos temas cruciales para el país y frente a los cuales sus adversarios sólo balbucen. De seguir así, difícilmente lograrán arrebatarle el triunfo.

Un triunfo que, de ocurrir, lo colocaría más cerca de Ollanta Humala que de Hugo Chávez. Es decir: más cerca del moderado y pragmático alcalde de la Ciudad de México que del furibundo perdedor que tomó Reforma en 2006. AMLO mainstream.
 
@jvolpi

Reforma
Jorge Volpi
Ciudad de México
Sábado 20 enero de 2018.

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